El señor del Sabado


Señor del sábado

La semana de la creación reverberaba de entusiasmo; el Creador la recuerda cuando habla con Job: "Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios" (Job 38:7). 
El día séptimo completó las actividades creativas de Dios y llegó a ser el día final de la primera semana. Mientras los anteriores seis días son llamados "buenos" y "buenos en gran manera", el clímax del séptimo día es que es llamado "santo". "Como toda la creación se dirige hacia su terminación, el completarla prepara el escenario para la consagración". 1 En contraste con los informes de la creación del anti-guo Cercano Oriente, en los que Baal y Marduk cesan sus actividades después de una violenta victoria sobre el caos, el Creador, sin ningún esfuerzo, otorga el don de la vida y luego descansa en un mundo "muy bueno". Aunque el Santuario será más tarde la casa espacial de Dios, el sábado es el "palacio [de Dios] en el tiempo". 2
En solo siete días se formó la Tierra, con muchos ecosistemas di-ferentes amorosamente puestos en su lugar, y luego se llenó en forma abundante con vida. La actividad divina crea una asombrosamente in-trincada red de hábitats divinamente bendecidos, entretejidos con una complejidad que solo estamos comenzando a apreciar. El sábado es el clímax que produce la completitud. El cosmos entero, con sus muchos sistemas, es el resultado de la actividad y la bendición divinas. Todo existe por la generosa iniciativa de Dios. Nada ha sido pasado por alto.
El sábado mismo es un don notable. Los seres humanos y todas las criaturas, junto con su Creador, están invitados a descansar. Las ben-diciones del sábado no se limitan a los seres humanos sino también se otorgan a los animales y a la tierra misma (Éxodo 20:8-11; cf. 23:11, 12). Contrastando con el concepto moderno sobre los animales (que son descartables y cruelmente masacrados sin consideración por su bienes-tar), el cuarto mandamiento del Decálogo generosamente los incluye en la esfera de su bendición. 3
El sábado no es una demanda legalista: es un don divino. Siendo que los seres humanos fueron creados a la imagen de Dios (Génesis 1:26, 27), esto sugiere que el reposo sabático también está diseñado pa-ra nosotros. Dios mismo más tarde repite esta intención en Éxodo 20:8 al 11. Las regias horas del sábado dan tiempo para el compañerismo con el Creador.
La semana de siete días instituida divinamente, desconectada de cualquier movimiento celeste (como son la medida del día, del mes y del año), revela la poderosa soberanía del Creador sobre todo, inclu-yendo el tiempo mismo. La bendición de Dios para toda la creación está escrita en las mismas leyes de la naturaleza, incluyendo el ritmo semanal del tiempo. Al poner aparte el sábado semanal, Dios nos otor-ga libertad de la tiranía del tiempo.

Cuando el Creador mismo 4 caminó sobre la tierra, deliberadamen-te llamó la atención al sábado. De acuerdo con el Evangelio de Lucas, Jesús usó un sábado para inaugurar su ministerio, con las profecías mesiánicas de Isaías 58 y 61. Isaías 58 promete la restauración del sábado; Isaías 61 promete la salvación: sugiriendo una estrecha co-nexión entre el sábado y la salvación. Estos capítulos, que presentaban al Mesías venidero, proveen el modelo de la vida y el ministerio de Jesús. ¡Y él anunció que él era el cumplimiento mismo de estas prome-sas mesiánicas un sábado de mañana!
Significativamente, Lucas vincula la declaración inicial de Cristo en sábado con dos milagros de curación en sábado: Jesús sana a un hom-bre poseído por un demonio otro sábado de mañana en la sinagoga (Lucas 4:31-37); luego va a la casa de Pedro y sana a la suegra de este de una "gran fiebre" (4:38, 39), procurando restaurar la bendición del sábado. Lucas aparentemente se da cuenta de que la proclamación de su ministerio en sábado se cumple con milagros de sanación y libera-ción que haría el Mesías, como lo predijo el profeta Isaías. 5
Lucas también describe a Jesús como un observador habitual del sábado: "como era su costumbre" (Lucas 4:16). Aparentemente, Jesús se deleitaba en estar con su pueblo en su día. De hecho, Lucas describe no solo cómo Jesús anunció su ministerio un sábado, sino también que,
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después que completó su obra de salvación en la cruz un viernes, Jesús luego reposó en sábado, así como él descansó el primer sábado des-pués de terminar su obra creadora.
Otro sábado, también en la sinagoga, hay un hombre con una ma-no seca. El "anciano" que presidía observa cuidadosamente para ver si Jesús se atrevería a "quebrantar las reglas". El código rabínico prescrib-ía que "un caso de riesgo de pérdida de vida se sobrepone al sábado", 6 y una mano seca obviamente no es una situación que amenaza la vida. Pero, Jesús deliberadamente llama al afligido hombre para que entre en el centro de atención, y pregunta: "¿Es lícito en el sábado hacer bien o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?" (Marcos 3:4).
Jesús quiere que sus adversarios evalúen la situación cuidadosa-mente: si salvar la vida en sábado es más "lícito" que hacer planes para matar, como ahora querían hacer con él. Sus adversarios permanecen en silencio. Con el problema clarificado, Jesús sana la mano seca. En lugar de alabar a Dios porque había ocurrido ese milagro, los fariseos y los herodianos complotan contra la vida de Jesús (3:6). Su odio por Jesús los ciega al hecho de que, al planear su homicidio, están quebran-tando uno de los Diez Mandamientos, mientras que acusan a Jesús de transgredir otro.
Otro sábado, Jesús sana a una mujer encorvada que había sufrido durante 18 años (Lucas 13:10-17). Otra vez, Jesús llama a la persona al centro de atención en la sinagoga antes de sanarla. Luego, usando pa-labra y acto, dice: "Mujer, eres libre de tu enfermedad" (13:12). Inme-diatamente se yergue. Por primera vez en mucho tiempo, puede mirar a alguien a la cara. Y la primera cara que ve es la de Jesús.
El principal de la sinagoga, sin embargo, no está inclinado a alabar a Dios por este milagro. Indignado, se dirige a los adoradores: "Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en sábado" (13:14). Este "trabajo" debía hacerse en los días de sema-na. El sábado, sencillamente, no debía ser profanado de este modo.

Pero Jesús responde: "Hipócrita". Luego presenta una analogía pro-bablemente familiar para los presentes. Saben que es apropiado des-atar a los animales sedientos y llevaros a beber en sábado: el manda-miento del sábado también da su bendición a los animales. Jesús luego declara que está "desatando" a una "hija de Abraham" de 18 años de sufrimiento. Los profetas habían predicho que estas bendiciones vendrían del Mesías. Cuando Jesús sanó a la mujer, sencillamente es-taba llevando a cabo la "obra" profetizada del Mesías, proclamando li-
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bertad a los cautivos. De hecho, Jesús usa el verbo "liberar" (lúein) tres veces en esta narración. No vino solamente para adorar en sábado sino para liberar al pueblo de las ataduras del pecado y la enfermedad que lo mantiene cautivo. El sábado es el mejor día para sanar.
Jesús realiza otro milagro en sábado en el centro de Jerusalén. Ele-na de White describe la escena:
"Jesús estaba otra vez en Jerusalén. Andando solo, en aparente me-ditación y oración, llegó al estanque. Vio a los pobres dolientes espe-rando lo que suponían ser la única oportunidad de sanar. Anhelaba ejercer su poder curativo y devolver la salud a todos los que sufrían. Pero era sábado. Multitudes iban al Templo para adorar, y él sabía que un acto de curación como éste excitaría de tal manera el prejuicio de los judíos que abreviaría su obra. Pero, el Salvador vio un caso de miseria suprema. Era el de un hombre que había estado imposibilitado durante 38 años. Su enfermedad era en gran parte resultado de su propio peca-do y considerada como juicio de Dios. Solo y sin amigos, sintiéndose privado de la misericordia de Dios, el enfermo había sufrido largos años". 7
Sabiendo el extremo rencor contra él, Jesús le pregunta al hombre que ve más enfermo: "¿Quieres ser sano?" El hombre trata de explicar su situación extrema, a lo cual Jesús responde: "Levántate, toma tu le-cho, y anda". De inmediato el hombre es sanado. No pasa mucho tiem-po para que un hombre que llevara su cama en sábado en Jerusalén fuera observado; un hombre llevando su estera en Jerusalén en sábado sería bien visible. No pasaría mucho tiempo para que las autoridades religiosas lo reprendieran. Jesús podría haberse evitado, a él y al en-fermo, muchas dificultades si le decía sencillamente que "se levantara y se fuera". Pero él, obviamente, estaba tratando de llamar la atención a la curación de este hombre.
Sin embargo, cuando las autoridades religiosas lo interrogaron, el hombre ni siquiera sabía quién lo había sanado. Solo después de en-contrarse con Jesús en el Templo, más tarde, lo supo. Pero las autori-dades estaban enojadas, y confrontaron a Jesús. Él respondió que estu-vo "trabajando" como su Padre "trabaja" (Juan 5:17), una palabra intere-sante al discutir con los líderes judíos, que querían mantener las res-tricciones contra el "trabajo" en sábado.
Los adversarios de Jesús creían que el hombre sufriente estaba re-cibiendo lo que merecía. Y, si había sobrevivido tanto tiempo, esperar un día más para sanarlo hubiera evitado la profanación del sábado.

Ellos sencillamente, no podían condonar ningún milagro de curación hecho en sábado. Jesús alega que su pensamiento estaba profundamen-te distorsionado, y arriesgaba su vida al decir esto.
"Podría haber sanado al enfermo en cualquier otro día de la sema-na; podría haberlo sanado simplemente, sin pedirle que llevase su ca-ma, pero esto no le habría dado la oportunidad que deseaba. Un propósito sabio motivaba cada acto de la vida de Cristo en la Tierra. Todo lo que hacía era importante en sí mismo y por su enseñanza. En-tre los afligidos del estanque, eligió el caso peor para el ejercicio de su poder sanador, y ordenó al hombre que llevase su cama a través de la ciudad a fin de publicar la gran obra que había sido realizada en él. Es-to iba a levantar la cuestión de lo que era lícito hacer en sábado, y pre-pararía el terreno para denunciar las restricciones de los judíos acerca del día del Señor y declarar nulas sus tradiciones". 8
Jesús también sanó a un ciego en sábado (Juan 9). El informe de es-te milagro genera un largo capítulo en el Evangelio de Juan. Tal vez Juan está tratando de llamar la atención al cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento acerca del Mesías, quien traería la vista a los ciegos (Isaías 35:3-6).
Cuando notaron al ciego, los discípulos preguntaron: "¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?" (Juan 9:2). Jesús re-chazó la idea de que Dios estaba castigando los pecados de alguien, y en su lugar se señala a sí mismo como "la luz del mundo" (versículo 5). Entonces preparó lodo, lo puso sobre los ojos del ciego, y le dijo que se lavara en el estanque de Siloé. Jesús se podría haber ahorrado mucho antagonismo si le decía al hombre que se fuera a su casa y se lavara. En cambio, el ciego es enviado a un lugar muy público, junto al Templo, en sábado, cuando habría allí muchos adoradores, pero nadie se estaría lavando en sábado.

Después de que el ciego se lavó, ¡pudo ver! Pero, sorprendentemen-te, no hay regocijo. Primero, los adversarios de Jesús atacan al hombre. Él defiende lo que sucedió y concluye que la persona que le dio la vista debe ser un profeta (9:17). Después de exigir que los padres del hombre identifiquen a su hijo ciego, las autoridades llaman de nuevo al hombre sanado. Él repite sus declaraciones anteriores, pero esta vez los líderes religiosos lo expulsan de la sinagoga. Jesús oyó lo que sucedió, y buscó al hombre sanado:
"Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues lo has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró" (Juan 9:35-38).
Cuando el que había sido ciego se encontró con su Sanador, ocurrió el segundo milagro de visión. Cuando él "vio" quién es Jesús, lo adoró, pues cuando alguien realmente ve a Jesús, es llevado a adorarlo.
Este segundo milagro de devolución de la vista está en marcado contraste con los gobernantes religiosos, que estaban "ciegos" al Mesías, aun cuando los profetas del Antiguo Testamento habían predicho que cuando este viniera restauraría la vista a los ciegos. Y el sábado está en el ojo de la tormenta. El "clero" sencillamente no puede vincular la cu-ración y la salvación con el sábado.

Con riesgo de su misión y su vida, el Creador procuró restaurar el sábado al lugar que le corresponde por derecho. Defendiendo lo que es "lícito" en sábado, él argumentó desde el Antiguo Testamento y con su ejemplo, y se declaró "Señor del sábado" (Marcos 2:28). Intencional-mente confrontó las restricciones del sábado que entonces prevalecían, insistiendo en que el sábado no es un día para reglas y ritos legalistas. Tal pensamiento estaba impidiendo que la gente recibiera la bendición divina de ese día.
Aunque los motivos para guardar cuidadosamente el sábado eran loables, la concentración en las reglas había llegado a ser la principal prioridad de ellos; la bendita naturaleza del sábado había desapareci-do. En el proceso, el legalismo estaba devaluando a la gente. Jesús sab-ía bien, al sanar en sábado, que él sería considerado un transgresor; pe-ro esto no lo detuvo de tratar de derribar el muro de los requerimientos tradicionales que oscurecían el sábado.

"Toda religión falsa enseña a sus adeptos a descuidar los meneste-res, sufrimientos y derechos de los hombres. El evangelio concede alto valor a la humanidad como adquisición hecha por la sangre de Cristo, y enseña a considerar con ternura las necesidades y las desgracias del hombre.
"El santo día de reposo de Dios fue hecho para el hombre, y las obras de misericordia están en perfecta armonía con su propósito. Dios no desea que sus criaturas sufran una hora de dolor que pueda ser ali-viada en sábado o en cualquier otro día". 9
Jesús deliberadamente desafió las prohibiciones acerca del sábado que afectaban la salud, el bienestar y la felicidad de la gente, llamando la atención a lo que es realmente el sábado: un día para milagros, un día para curaciones, un monumento del poder creativo y recreativo de Dios; un día cuando los cautivos son liberados (Lucas 13:10-17), los pa-ralíticos pueden caminar (Juan 5) y la gente puede volver a estar sana. "El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado" (Marcos 2:27).
Dios desea que experimentemos esta renovación con él cada sema-na. Cada sábado, podemos ser los "cautivos" que Cristo ha librado, los espiritualmente ciegos cuya vista Jesús puede restaurar; nuestros cora-zones pecaminosos dañados y lisiados pueden encontrar curación. Ca-da semana, el sábado puede traer liberación y redención a nuestras al-mas, restaurándonos de los tropezones y los fracasos de la semana pa-sada. Podemos ser perdonados y regocijarnos en el poder de la salva-ción de Dios. ¡Es el día más ocupado de él!

"Lo que se demanda a Dios en sábado es aún más que en los otros días. Sus hijos dejan entonces su ocupación corriente, y dedican su tiempo a la meditación y el culto. Le piden más favores el sábado que los demás días. Requieren su atención especial. Anhelan sus bendicio-nes más selectas. Dios no espera que haya transcurrido el sábado para otorgar lo que le han pedido. [...] La obra que hacía Cristo al sanar a los enfermos estaba en perfecta armonía con la Ley. Honraba el sábado". 10
Después de que fueron creados los seres humanos el sexto día, el sábado fue su primer día de vida. Fueron invitados a descansar con su Creador antes de haber hecho ningún trabajo, descansando en la obra terminada de la creación de Dios. Así, podemos reposar en su obra terminada de la salvación. El sábado es mucho más que "no el domin-go". Fue creado para darnos entrada en el "palacio en el tiempo", don-de podemos tener compañerismo con nuestro Creador y Redentor en un anticipo semanal del Paraíso. Jesús no solo pretende ser el Señor del sábado, y su verdadero Intérprete, sino también el Proveedor del repo-so sabático, dando una "visión preliminar" de la paz y el descanso del futuro prometido en el cielo.

Referencias
1 William P. Brown, The Ethics of the Cosmos: The Genesis of Moral Imagination in the Bible (Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 199), p. 52.
2 Abraham Heschel, The Sabbath (Nueva York: Farrar, Straus y Giroux, 1983), p. 10.
3 La estructura del cuarto Mandamiento destaca lo que está incluido en el reposo sabá-tico:
A - Acuérdate del sábado, para santificarlo
B - Seis días trabajarás y harás toda tu obra,
mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna
C - tú, ni tu hijo, ni tu hija ni tu siervo ni tu criada, ni tu bestia, ni tu ex-tranjero que está dentro de tus puertas
B1 - porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las co-sas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día;
Al - Por tanto, Jehová bendijo el séptimo día y lo santificó.
Los animales participan en la celebración de la actividad creadora de Dios. Los otros seis días, ellos han de trabajar con los humanos, pero no en el sábado. Carol Meyers se-ñala que las siete categorías de criaturas vivientes se mencionan como beneficiadas del descanso sabático (en la sección C, el centro de la estructura arriba), destacando la "to-talidad de los miembros de la casa que deben observar el sábado" (Carol Meyers, New Cambridge Bible Commentary: Éxodo [Cambridge: Cambridge University Press, 2000], p. 1.320.
4 Hablando de Jesús, Pablo escribió: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra [...] todo fue creado por medio de él y pa-ra él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten" (Colosenses 1:16, 17).
5 En muchas ocasiones, aspectos de la vida y del ministerio de Cristo están presentados repetidamente como cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Esto cul-mina en el camino a Emaús el domingo de Resurrección, cuando el Cristo resucitado mismo explica a los dos discípulos que él cumplió "todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos" (Lucas 24:44; ver también los versículos 26 y 27).
6 Mishná YOMA 8:6.
7 Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 171.
8 Ibíd., p. 176.
9 Ibíd., pp. 153, 177.
10 Ibíd., p. 177.
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Gloriarse en la cruz de Cristo

Gloriarse
en la cruz de Cristo


C
uando los soviéticos tomaron el control de Polonia al final de la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista se ocupó de consolidar su poder y empezó a implementar varias re­formas nacionales radicales. Amenazado por el poder de la Iglesia Católica, el gobierno buscó debilitar la autoridad de esta mediante la persecución. En 1961 las autoridades prohibieron oficialmente todo tipo de símbolo religioso en los organismos públicos –fábri­cas, hospitales, escuelas y ministerios–. Sin embargo, la prohibición no se impuso de forma tan estricta en las escuelas como en otros lugares.
Cuando el Sindicato Solidaridad comenzó a aumentar su poderío al comienzo de la década de 1980, las cruces empezaron a reaparecer en los edificios por todo el país. Preocupado por tan desafiantes acciones, el primer ministro polaco decidió tomar severas medidas. Ordenó que todas las cruces fuesen retiradas de todas las instituciones públicas, tal como especificaba la ley.
Sin embargo, su decreto hizo estallar una imprevista y enorme ola de protestas en todo el país. Por último, ante una protesta pública sin precedentes, el gobierno acabó aceptando hacer la vista gorda con las cruces, pero insistió en que no se tocase la ley.
Varios meses después, no obstante, un director de escuela que era comunista celoso decidió que la ley era la ley y que la impondría en su escuela sin importar las consecuencias. Decidió retirar las cruces una noche, en secreto, de siete salas de conferencia en las que colgaban desde la década de 1920. Sus acciones desencadenaron una serie de acontecimientos de creciente gravedad. Un grupo de padres respondió entrando en la escuela y colgando otras cruces en las salas de conferencia. El director hizo que retiraran las nuevas cruces y amenazó con cancelar la ceremonia de graduación a no ser que padres y estudiantes aceptasen acatar la ley. Se negaron. Y, con eso, algo que parecía poco más que un conflicto local acabó convirtiéndose en un enfrentamiento entre el gobierno comunista y la Iglesia Católica.
A pesar de las amenazas del gobierno, miles de estudiantes organizaron una multitudinaria protesta no violenta de cuatro días. Asistieron a misas especiales, tenían cruces colgadas del cuello y llevaban consigo cruces como parte de una demostración pública. Después de un largo y tenso punto muerto, el gobierno y las escuelas permitieron que las cruces se quedaran.
Aunque el seguimiento de todo el suceso fue asombroso según se iba desarrollando, la escena más conmovedora de todo el enfrentamiento fueron las simples pero profundas palabras de un sacerdote de parroquia pronunciadas ante un montón de estudiantes para alentarlos en su protesta. Les dijo: «Sin cruz no hay Polonia». [1]
Cuando nos acercamos al final de nuestro estudio de la Epístola de Pablo a los Gálatas, el mensaje del sacerdote polaco no solo transmite la esencia del cristianismo, sino que también resume perfectamente el llamamiento final que el apóstol hace a los gálatas: «¡No hay evangelio sin la cruz de Cristo!».
El llamamiento final a los gálatas comienza con un comentario muy extraño: «Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano» (Gálatas 6:11). Para entender la significación de su declaración, es necesario que recordemos la forma normal en que Pablo termina sus Epístolas.
Aunque las observaciones finales de Pablo no siempre son uniformes en sus Cartas, un estudio minucioso revela un patrón básico que seguía generalmente: 1) saludos a personas específicas, 2) una firma personal y 3) una bendición final. De vez en cuando también incluía un llamamiento final de algún tipo relacionado con el mensaje general de la Carta. La siguiente tabla contrasta la forma en la que concluye típicamente sus Cartas con la terminación de Gálatas.

1 Corintios 16
Colosenses 4
Gálatas 6
Saludos
«Las iglesias de Asia os saludan. Aquila y Priscila (...) os saludan mucho en el Señor» (versículo19).
«Aristarco, mi compañero de prisiones, os saluda; y también Marcos [...]
También os saluda Jesús, el que es llamado Justo» (versículos 10, 11).

Firma
«Yo, Pablo, os escribo esta salutación de mi propia mano» (versículo 21).
«Esta salutación es de mi propia mano, de Pablo» (versículo 18).
«Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano» (versículo 11).
Bendición
«La gracia del Señor Jesucristo esté con vosotros» (versículo 23).
«La gracia sea con vosotros» (versículo 18).
«Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu» (versículo 18).


Cuando comparamos los rasgos principales de la fórmula que usa Pablo para concluir sus Cartas con las observaciones finales de Gálatas, aparecen dos diferencias significativas. En primer lugar, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de sus Cartas, Gálatas no contiene saludos finales. Ahora bien, por sí sola, la ausencia de un saludo personal no es siempre indicación de que algo vaya mal (por ejemplo, 2 Tesalonicenses). Sin embargo, la falta de saludos en Gálatas resulta muy sospechosa por el hecho de que Pablo también omitió deliberadamente la frase tradicional de acción de gracias al comienzo de su Carta. Los dos rasgos epistolares ausentes pueden ser una indicación adicional de una relación tensa entre él y los gálatas. Pablo es amable, pero protocolario. Teniendo en cuenta tales circunstancias, no sorprende, desde luego, que también omita cualquier mención al saludo con un «beso santo» (cf. Romanos 16:16; 1 Tesalonicenses 5:26).
Cuando examinamos la manera en que concluye sus Cartas, es importante que recordemos que, en la antigüedad, era costumbre entre los autores de Epístolas que echaran mano de los servicios de un escriba para la redacción de las mismas. Pedro se benefició de los servicios de Silvano en la redacción de 1 Pedro (1 Pedro 5:12), y Pablo parece haber dictado Romanos a un escriba llamado Tercio (Romanos 16:22). Fuera del mundo judío, sabemos que hasta Cicerón, famoso senador romano, dependía de escribas para mantener su correspondencia al día. Cuando un escriba acababa de escribir, el autor solía tomar la pluma y escribía las últimas frases de su puño y letra. Encontramos ejemplos de esta costumbre en el cambio de ca­ligrafía que ocurre al final de varias cartas antiguas escritas en papiro descubiertas en Egipto. Pablo afirma explícitamente en varias de sus Cartas que también era esa su costumbre. En 2 Tesalonicenses 3:17 llega a decir: «Esta es la señal distintiva de todas mis cartas; así escribo yo» (NVI). Tal práctica no solo añadía un toque más personal a las Cartas de Pablo, sino que también parece que ponía freno a las falsificaciones. Podemos dar por sentado que el apóstol siguió la costumbre aun en las Cartas en las que no lo menciona.
Por ello, el final de Gálatas es excepcional, por cuanto Pablo se separa algo de su práctica normal. Cuando sostiene la pluma del escriba, sigue tan inquieto y preocupado por las circunstancias de Galacia que no se contenta con escribir una nota breve y una bendición final; en vez de ello, añade varios párrafos. Sencillamente, no puede soltar la pluma hasta que ruega nuevamente a los gálatas que se aparten de sus insensatos caminos.
No obstante, eso no es todo. Pablo también llama la atención de los gálatas al tamaño de sus letras. Aunque es imposible saber con certeza a qué se refiere específicamente, hay varias posibilidades interesantes. Algunos han supuesto que no se refería a las dimensiones físicas de sus letras, sino a la caligrafía defectuosa de las mismas. Especulan que quizá tenía las manos tan lisiadas por la persecución o tan torcidas por la marroquinería que no podía dar a sus letras la precisión caligráfica que cabría esperar de un maestro. Otros creen que sus comentarios dan prueba adicional de su vista deficiente (cf. Gálatas 4:15; 2 Corintios 12:7-9). Aunque, ciertamente, ambos puntos de vista son posibles, parece mucho menos especulativo concluir sencillamente que escribía intencionalmente con letras grandes para subrayar y recalcar nuevamente su argumentación, de forma similar a la manera con que indicamos hoy una palabra o un concepto importante subrayándolo, poniéndolo en cursiva o escribiéndolo todo en MAYÚSCULAS. Pablo quería captar la atención de los gálatas y estaba decidido a hacer lo necesario para obtenerla.
Aunque Pablo insinuó previamente el orden del día y la motivación de los judaizantes (véanse Gálatas 1: 7; 4:17; 5:10, 12), sus observaciones de Gálatas 6:12, 13 son los primeros comentarios explícitos que hace sobre ellos. Dice de ellos que quieren «hacer buena figura en lo exterior» (PER). En griego, la expresión «hacer buena figura» significa, literalmente, ponerse «un buen rostro». En el Nuevo Testamento, aparece únicamente aquí. El mundo grecorromano también usaba la palabra «rostro» para describir la máscara de un actor, e incluso se empleaba figurativamente para referirse al papel desempeñado por un actor. Esto sugiere que para Pablo los judaizantes eran como actores que buscaban el aplauso del público. En una cultura basada en el honor y la vergüenza, como lo era el mundo del Nuevo Testamento, el conformismo es esencial. Y parece que los judaizantes deseaban mejorar la valoración de su honor ante sus paisanos de Galacia y otros cristianos judíos residentes en Jerusalén. Como David, que presentó los prepucios de doscientos filisteos al rey Saúl para convertirse en su yerno, los judaizantes querían fanfarronear, como indicación de sus propios logros espirituales, de los prepucios gentiles que habían logrado (cf. 1 Samuel 18).
Pablo dice en el versículo 12 que la razón por la que algunos imponían la circuncisión a los cristianos de origen gentil era para que los creyentes judíos pudieran evitar ser perseguidos por la cruz de Cristo. Cuesta determinar qué quiere decir específicamente con esa expresión. Pese a que puede entenderse que la persecución sea, desde luego, una forma de maltrato físico, es importante observar que puede ser igual de dañina que sus formas más «leves»: el acoso y la exclusión. Ciertamente, aunque los cristianos sufrían persecución física de sus enemigos, como la desencadenada por Pablo antes de su conversión, también experimentaban el acoso y la exclusión de sus compatriotas judíos por su decisión de seguir a Jesús.
El judaísmo tenía una influencia política significativa en muchas regiones. Como religión contaba con la aprobación oficial de Roma, y muchos cristianos habrían estado ansiosos de mantener intensas relaciones positivas con los judíos de la zona. De hecho, durante los primeros años de la iglesia, los cristianos podían adorar libremente porque los romanos los consideraban simplemente como una secta del judaísmo. Al circuncidar a los gentiles y enseñarlos a observar la tora, los judaizantes de Galacia podían encontrar un punto de terreno común con los judíos de la zona. No solo les permitiría mantener un contacto amistoso con las sinagogas de la región, sino que podría incluso reforzar sus vínculos con los creyentes de Jerusalén, quienes tenían una sospecha creciente en cuanto a la labor que se hacía entre los gentiles (Hechos 21:20, 21). [2] Independientemente de la circunstancia precisa implicada, está claro que los judaizantes de Galacia no estaban dispuestos a soportar la persecución por causa de Cristo.
Habiendo expuesto los motivos deshonestos que provocaban la insistencia de los judaizantes en la circuncisión, Pablo presenta su mensaje evangélico a los gálatas por última vez, aunque solo de forma resumida. Rara él, el evangelio se basa en dos principios fundamentales: 1) la centralidad de la cruz (versículo 14) y 2) la doctrina de la justificación por la fe, a la que se refiere mediante una referencia a la «nueva creación» (versículo 15, LBA).
Normalmente no se considera que la jactancia sea una virtud. Tendemos a mirar con malos ojos a las personas que cantan sus propias alabanzas. Sin embargo, por sorprendente que pueda parecer, en los escritos de Pablo, la jactancia tiene aspectos tanto negativos como positivos. El tipo de jactancia a la que se opone es la jactancia «según la carne» (ver 2 Corintios 11:18). Se refiere a todos los aspectos de la alabanza propia, que hacen que centremos nuestra atención en nosotros mismos, no en Dios. El apóstol condena específicamente la jactancia en la propia obediencia de la ley de Dios (Romanos 3:27), el alarde de nuestra sabiduría «superior» (1 Corintios 1:29), la exhibición de actitudes arrogantes de los creyentes gentiles hacia los creyentes judíos (Romanos 11:17) y todo tipo de fanfarronería que se atribuya el mérito de los dones y capacidades que Dios nos ha dado (1 Corintios 4:7).Y, en conexión con nuestro pasaje de Gálatas, Pablo también rechaza la jactancia en el proselitismo (Gálatas 6:13), algo que a menudo nos gusta hacer como cristianos. Aunque tal comportamiento pueda tener apariencia de espiritualidad, se centra a menudo en nuestros logros más que en cualquier otra cosa. Toda jactancia de ese tipo pertenece a la esfera de la carne y, por lo tanto, es mala (Romanos 1:30; 1 Corintios 5:6). [3]
Es probable que el aspecto positivo de la jactancia que Pablo recalca provenga de sus antecedentes en el judaísmo y, en particular, de su conocimiento de las Escrituras hebreas. El Antiguo Testamento no solo permite gloriarse en los actos portentosos de Dios puestos de manifiesto en la historia de la salvación, sino que lo alienta (Salmo 5:11; 32:11; 1 Crónicas 29:11). Tal jactancia es un acto de adoración, así como una expresión de gratitud y confianza en la fidelidad contractual de Dios. Por lo tanto, es responsabilidad de los cristianos gloriarse en el Señor (1 Corintios 1:31; 2 Corintios 10:17; Filipenses 3:3).
¿Cómo se manifestó tal jactancia en la vida personal de Pablo? Se gloría por la forma en que Dios ha actuado en la vida de sus seguidores (2 Corintios 9:2, 3; Filipenses 2:16; 1 Tesalonicenses 2:19). Incluso se gloría en su propia debilidad, porque, gracias a esa debilidad, puede ver la gracia habilitante de Dios actuando en su vida (2 Corintios 12:9, 10). Sin embargo, en última instancia, como cristiano, solo hay una cosa en la que Pablo puede gloriarse de manera suprema: la cruz. Precisamente en el acontecimiento de la cruz Dios actuó para convertir sus promesas a Abraham en una realidad histórica (Gálatas 6:14).
A los que vivimos en el siglo XXI nos cuesta captar la naturaleza escandalosa que los comentarios de Pablo sobre la jactancia en la cruz transmitían en su origen. Hoy la cruz de Cristo es un símbolo común y amado que evoca sentimientos positivos en la mayoría de la gente. Cantamos sobre la cruz, predicamos sobre la cruz, pintamos cuadros de ella y la incorporamos como símbolo a objetos religiosos de todo tipo, y muchos hasta la llevan a modo de joya. Sin embargo, en la época del apóstol, la cruz no era algo de lo que gloriarse. Era, más bien, algo que despreciar. Los judíos entendían que la idea de un Mesías crucificado era ofensiva. Los romanos consideraban tan repulsiva la crucifixión que ni siquiera era mencionada como un castigo adecuado para un ciudadano romano.
Podemos ver con claridad la forma en la que el mundo antiguo consideraba la cruz en el primer dibujo conocido de la crucifixión de Jesús. Un fragmento de grafito descubierto en Roma y que se remonta a comienzos del siglo II d.C. representa la crucifixión de un hombre, o, para ser más precisos, de al menos el cuerpo de un hombre. Donde cabría esperar una cabeza humana aparece la cabeza de un asno. Bajo la cruz y adyacente a un dibujo de un hombre con las manos alzadas en adoración, una inscripción dice: «Alejandro adora a su dios». La intención está clara: la cruz de Cristo es ridícula. ¿Quién sería tan tonto como para adorar a un hombre crucificado? No obstante, exactamente en este contexto Pablo declara con audacia que ¡no puede gloriarse en nada que no sea la cruz de Cristo!
Todo cristiano debería gloriarse en la cruz de Cristo, porque, debidamente entendida, la cruz cambia de forma radical la manera en que experimentamos la vida. Demuestra el asombroso amor de Dios y las inconmensurables medidas a las que estuvo dispuesto a condescender para garantizar nuestra salvación. No solo ofrece perdón gratuito y nos recuerda que Cristo ha conquistado la tumba, sino que nos presenta el reto de reevaluar cómo nos vemos a nosotros mismos y también cómo nos relacionamos con este mundo. El mundo, este presente siglo malo y todo lo que conlleva (1 Juan 2:16), se yergue contra Dios. Sin embargo, dado que hemos muerto con Cristo, el mundo ya no debe retenernos bajo su esclavizante poder. En la cruz Cristo nos redimió del presente siglo malo y de los poderes de las tinieblas. La cruz nos obliga a reconocer, como dice Pablo, no solo que hemos muerto al mundo, sino también que el mundo nos considera como si estuviéramos muertos.
Precisamente la visión que el apóstol tenía de la cruz, presentada en Gálatas 6:14, conquistó el corazón de Isaac Watts, famoso autor inglés de himnos, y los llevó a escribir lo que algunos han denominado «el himno más hermoso de lengua inglesa». [4] Su himno se tituló en un primer momento «Crucifixion to the World, by the Cross of Christ» [5] [La crucifixión para el mundo, por la cruz de Cristo]; sin embargo, ahora lo conocemos como «When I Survey the Wondrous Cross», o, en su traducción española, «Al contemplar la excelsa cruz».
Que la cruz de Cristo inspire y toque nuestra vida de una manera similar.
Versión original en inglés
Versión española

«When I survey the wondrous cross,
On which the Prince of glory died,
My richest gain I count but loss,
And pour contempt on all my pride.
Forbid It, Lord, that I should boast,
Save in the death of Christ, my God». [6]

«Al contemplar la excelsa cruz
Do el Rey de gloria sucumbió,
Tesoros mil que ven la luz,
Con gran desdén contemplo yo.
No me permitas, Dios, gloriar,
Más que en la muerte del Señor». [7]

Habiendo hecho hincapié en la posición central que ocupa la cruz de Cristo en la vida cristiana, Pablo recalca ahora el segundo principio fundamental: la justificación por la fe, o, según la llama aquí, una «nueva creación» (BLA).
Sin embargo, antes de que Pablo mencione la nueva creación, realiza un paradójico comentario sobre la circuncisión: «Porque ni la circuncisión es nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación» (Gálatas 6:15, BLA). Su declaración parece extraña al principio, dado que ha venido argumentando con gran denuedo contra la circuncisión. De hecho, ha llegado a decir que si los gálatas se someten a la circuncisión se desligarán de Cristo (Gálatas 5:2-4). Sin embargo, ahora declara que ni la circuncisión ni la falta de la misma importan realmente. Si ni lo uno ni lo otro importa gran cosa, ¿por qué ha escrito tanto al respecto? ¿Qué dice de verdad?
Pablo viene hablando con tanto énfasis contra la circuncisión que no quiere que los gálatas lleguen a la conclusión que permanecer sin circuncidar es, de alguna manera, más agradable para Dios que estar circuncidados. Las personas pueden ser igual de legalistas en cuanto a las cosas que no hacen como a las que sí hacen. Espiritualmente hablando, el asunto de la circuncisión, por sí mismo, resulta irrelevante. La religión auténtica no está arraigada en la conducta externa, sino en la condición del corazón humano. Como dijo el propio Jesús, una persona puede tener un aspecto maravilloso en el exterior y estar espiritualmente podrida por dentro (Mateo 23:27).Tiene que haber algo más, y a ese algo Pablo lo llama la nueva creación.
Al apóstol le encanta usar metáforas para explicar la portentosa salvación que es nuestra en Cristo. Cada metáfora pone de relieve un aspecto diferente de todo lo que Jesús hizo y quiere hacer por nosotros. Ahora, al final de su Carta, Pablo introduce una metáfora final: la de una nueva creación. La palabra griega traducida «creación es ktísis. Puede referirse a una «criatura» individual (Hebreos 4:13) o a todo el orden «creado» (Romanos 8:22). En cualquier caso, ambos implican la acción de un creador. Y ese es el argumento de Pablo. La salvación no es algo que pueda producirse mediante el esfuerzo humano, ya se trate de la circuncisión o cualquier otra cosa. Se refiere a esa creación como «nueva» porque es algo que no poseemos de forma natural. Y no es algo que meramente añadamos a lo que ya somos, algo así como una pequeña modificación en nuestra forma de pensar o incluso de actuar. Antes bien, implica un cambio total. Jesús se refirió a este mismo proceso en su conversación con Nicodemo, pero lo llamó «nacer de nuevo» (Juan 3:3-8). Es un nuevo nacimiento o una nueva creación porque es un acto divino mediante el cual Dios toma a una persona que está espiritualmente muerta y le insufla vida espiritual.
Pablo describe la experiencia de la nueva creación con más detalle en 2 Corintios 5:17: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas». Aquí Pablo explica que el acto de llegar a ser una nueva creación incluye mucho más que un mero cambio en nuestra condición en los libros del cielo: produce una transformación hoy en nuestra vida. Murray Harris compara la expresión paulina «todas son hechas nuevas» con un cartel de «Bajo nueva dirección» fijado con grandes letras delante de un negocio para captar la atención y anunciar una nueva gerencia. [8] Asimismo, cuando estamos unidos con Cristo, nuestra vida toma una nueva dirección, porque estamos «bajo nueva gerencia». En sus otras Cartas, Pablo se explaya en cómo funciona esto en la realidad. Por ejemplo, los esposos y las esposas han de considerarse y tratarse como lo haría Cristo (Efe. 5:22-33; Col. 3:18, 19). La relación entre padres e hijos ha de estar repleta del amor, la paciencia y la honra que solo Cristo puede proporcionar (Efesios 6:1-4; Colosenses 3:20, 21). Y, mediante su aplicación, podríamos ampliar esta lista para que incluya todo tipo de relación en la que participemos hoy: todas han de estar colmadas de la gracia y la compasión que nosotros mismos hemos experimentado en Cristo.
Todo esto es posible porque es el resultado del cambio total implicado en el proceso de la nueva creación o del nuevo nacimiento. La nueva creación implica, como expresa con tanto acierto Timothy George, «todo el proceso de la conversión: la obra regeneradora del Espíritu Santo, que lleva al arrepentimiento y a la fe; el proceso diario de la mortificación y la vivificación; el crecimiento continuo en santidad, que lleva, al final del camino, a la conformidad a la imagen de Cristo. La nueva creación implica una nueva naturaleza con un nuevo sistema de deseos, afectos y hábitos, cincelados todos por medio del ministerio sobrenatural del Espíritu Santo en la vida del creyente». [9] De principio a fin, la nueva creación es obra de Dios. No es algo que ofrezca solo a unos pocos escogidos, sino más bien lo que desea hacer en la vida de todos nosotros, si lo dejamos.
Antes de concluir su Carta con una bendición final, Pablo hace dos comentarios en Gálatas 6:16,17 que merecen nuestra atención, aunque sea breve.
En primer lugar, afirma: «A todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios». Aquí, la palabra traducida «regla» (griego kanón) significa, literalmente, una vara recta o una barra usada por los albañiles y los carpinteros para medir. La palabra acabó representando figurativamente las «reglas» o «normas» mediante las que una persona evalúa algo. Por ejemplo, cuando la gente habla del canon del Nuevo Testamento, tienen en mente los 27 libros del Nuevo Testamento que consideramos que están cargados de autoridad para determinar tanto la creencia como la conducta de la iglesia. Por lo tanto, si una enseñanza no está «a la altura» de lo que se encuentra en esos libros, no se acepta. Así, Pablo dice que los creyentes de Galacia han de vivir la vida en armonía con el principio que acaba de establecer en los dos versículos anteriores: el papel central de la cruz. [10]
¿Quiénes son el «Israel de Dios» de Gálatas 6:16? Algunos han entendido que se trata de los judíos que componen la nación de Israel en su conjunto. Otros afirman que se refiere a cristianos, ya sean judíos o gentiles, quienes son el auténtico Israel «espiritual». Puesto que Pablo no usa la expresión en ningún otro lugar de sus escritos, no podemos apelar a ningún otro versículo para contestar nuestra pregunta. Sin embargo, podemos encontrar ayuda en la sintaxis griega de Pablo. Varios eruditos defienden que «los que anden conforme a esta regla» y el «Israel de Dios» no son dos grupos, sino uno. La conjunción kai [en griego] debería ser traducida «es decir», no «y», o ser omitida (como en la RSV [inglesa, o la PER española]). La iglesia cristiana goza de continuidad directa con el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Los que hoy estamos en Cristo somos «la verdadera circuncisión» (Filipenses 3:3, BLA), «descendientes de Abraham» (Gálatas 3:29) y el «Israel de Dios»». [11] Desde luego, tal interpretación coincidiría con la reivindicación anterior de Pablo, realizada con anterioridad en Gálatas 3, de que los gentiles son también descendientes espirituales de Abraham por medio de Cristo.
La segunda afirmación que hace Pablo aparece en el versículo 17: «De aquí en adelante nadie me cause molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús». ¿Qué son «las marcas del Señor Jesús» que tiene en el cuerpo? Y, ¿por qué no iba nadie a molestarlo por ellas?
La palabra traducida «marca» es el término griego stígmata, del que se deriva la palabra española «estigma». Algunos han visto en el comentario de Pablo una referencia a la práctica común de marcar a los esclavos con la insignia de su amo como forma de identificación, o incluso la práctica de algunas religiones de misterios en la que los participantes se marcaban como señal de devoción. Sin embargo, es más probable que se trate de una referencia a las cicatrices dejadas en el cuerpo de Pablo por la persecución y las dificultades experimentadas en el curso de su proclamación del evangelio (cf. 2 Corintios 11:24-27). Hay apoyo para esta interpretación en 2 Corintios 4:8-10, pasaje en el que el apóstol hace una afirmación similar en cuanto a la persecución que soportó. Después de afirmar que otros y él fueron «derribados, pero no destruidos» (versículo 9), Pablo dice de su experiencia que «llevamos siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (versículo 10).
F. F. Bruce señala que, lejos de tratarse de una declaración inconexa al final de su Carta, la referencia de Pablo a «las marcas del Señor Jesús» habría tenido una conexión muy apropiada con su mensaje y quizás incluso con su experiencia personal con los propios gálatas. En contraposición con la marca de la circuncisión, «Pablo afirma que tiene marcas en su cuerpo que sí significan algo real: las [...] cicatrices que ha adquirido como consecuencia directa de su servicio a Jesús. Proclaman de quién es y a quién sirve. Entre ellas, las más prominentes probablemente fueran las marcas dejadas por su lapidación en Listra (Hechos 14:19; cf. 2 Corintios 11:25), y si la iglesia de Listra estuvo entre aquellas a las que se dirigió esta Carta, al menos algunos de sus lectores tendrían en recuerdo vivido de aquella ocasión». [12]
Lo último que el apóstol dice a los gálatas es lo mismo con lo que comienza todas sus Cartas: la gracia. Se ha dicho que la gracia son los sujetalibros del evangelio. La gracia lo primero y la gracia lo último: esa era su oración para todas sus iglesias. La gracia que Pablo veía derramada en el Calvario había cautivado su corazón y cambiado su vida. Y oraba para que los gálatas experimentaran también esa misma visión de la gracia. Ojalá que también oigamos, en la oración de Pablo, el deseo de Dios para nosotros.
 
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[1] John Kifner, “Student Protest Swells in Poland” [La protesta estudiantil se acrecienta en Polonia], New York Times, 9 de marzo de 1984.
[2] Ben Witherington, Grace in Galatia [Gracia en Galacia] (Grand Rapids: Eerdmans, 1998), p. 448.
[3] H. C. Hann, «Boast» [Gloriarse], en The New International Dictionary of New Testament Theology [Nuevo diccionario internacional de teología del Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Eerdmans, 1986), vol. 1, p. 228.
[4] Wayne Hooper y Edward E. White, eds., Companion to the Seventh—day Adventist Hymnal [Guía del Himnario adventista del séptimo día] (Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 1988), himno 154.
[5] Ibíd.
[6] Seventh-day Adventist Hymnal [Himnario adventista del séptimo día] (Washington, D.C.- Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 1985), himno 154.               
[7] Himnario adventista, himno 91.         
[8] Murray J. Harris, The Second Epistle to the Corinthians [La Segunda Epístola a los Corintios] (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), p. 434.
[9] Timothy George, Galatians [Gálatas], The New American Commentary (Nashville: Broadman and Holman, 1994), tomo 30, p. 438.
[10] Donald Guthrie, Galatians [Gálatas], New Century Bible Commentary (Grand Rapids: Eerdmans, 1973), p. 152.
[11] John Stott, The Message of Galatians [El mensaje de Gálatas] (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 196), p. 180.
[12] F. F. Bruce, The Epistle to the Galatians [La Epístola a los Gálatas] (Grand Rapids: Eerdmans, 1982), p. 276.
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