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La actitud del cristiano

Escrito por : FAR Ministerios on 4 de abril de 2010 | 09:44

Dichoso el hombre cuyos intereses y deseos pueden caber en la sencilla casa familiar, feliz de respirar el aire natural en su propia querencia personal.
Soledad, ALEXANDER POPE
Cruzaba caminando el parque de estacionamiento, cuando vi que la policía había acordonado la acera de acceso, obligando a los peatones como yo a dar la vuelta para entrar por otra puerta del hospital. Mientras seguía el desvío vi que los niños de la escuela de la iglesia local, donde mi hermana era maestra en el nivel primario, también bordeaban la zona acordonada en su camino a las aulas. Además, asombrado, observé que una muchacha con uniforme escolar, pero de nivel medio, se dirigió hacia la cinta de plástico, lo tomó con ambas manos y lo rompió, atravesando con paso desafiante la zona prohibida.
Cuando pasaba cerca de mí, la toqué en el hombro.
-¡Sáqueme sus manos de encima! -gritó-. ¡No me toque!
La ira que expresaban sus ojos y la forma cómo me miró, fueron más elocuentes que mil palabras. Ciertamente, todos tenemos "actitudes", seamos conscientes de ello o no. Pero la pregunta es: ¿Qué tipo de actitud?
Varias palabras son similares a "actitud". Pienso, por ejemplo, en altitud, que es nuestra altura en relación con el nivel del mar. Latitud y longitud, la posición de algún punto de la tierra en relación con los paralelos y meridianos que circundan el globo terráqueo.
Con estas tres palabras en mente podemos ver que la actitud es la posición desde la cual nos relacionamos con los demás: si preferimos un conjunto de actitudes mentales. Como individuos, nuestra actitud determina nuestro equilibrio vital. Con frecuencia vemos al mundo girar alrededor de nuestro conjunto de actitudes mentales. La actitud es el punto de vista a partir del cual integramos toda nuestras relaciones. Es el tono que da color a nuestra vida, y con frecuencia a la de nuestros amigos.
Una vez, estando en el Aeropuerto Dulles de la ciudad de Washington, en Estados Unidos, observé en acción una enorme grúa. Tenía una elevada columna central y, girando alrededor de un punto cerca del extremo superior, transportaba y equilibraba su peso con otro que colgaba del lado opuesto de la viga. Toda su actividad y su fuerza dependían de este punto de apoyo.
Mientras observaba, comprendí cuán crucial era este punto de equilibrio para la grúa. De forma similar, nuestra actitud es un punto de equilibrio. Nuestro conjunto de actitudes mentales -o actitud, en singular, si así lo preferimos-, es tan crucial para nosotros en nuestro funcionamiento diario como lo es el punto de equilibrio para la grúa.
La actitud gobierna el alcance de nuestra influencia, nuestro radio de acción. Nuestra capacidad para llevar las cargas de la vida depende, en gran manera, del equilibrio que tenga nuestra existencia. Medimos nuestras relaciones con los demás y comparamos su conjunto de actitudes ante la vida con el nuestro. En la política se habla del ala izquierda o del ala derecha pero, ¿en referencia a qué? La gente es clasificada como conservadora o liberal, pero esa clasificación tiene como referente el conjunto de actitudes mentales del observador.
Recuero que cuando era joven vi una película titulada The Dam Busters. Narraba la historia de cómo la Real Fuerza Aérea procuraba destruir la capacidad industrial de los nazis, bombardeando y rompiendo las represas alemanas. Como carecían del sofisticado equipo que la aviación tiene ahora, idearon una solución muy simple: pusieron dos reflectores en el tren de aterrizaje de sus bombarderos y, haciendo coincidir los dos, podían fijar su vista, con bastante exactitud, por encima del agua de la represa. Calculando la velocidad, la altura y el rebote de la bomba sobre el agua cuando se lanzaba desde una altura predeterminada, podían encontrar el punto desde donde debían lanzar la bomba. Los reflectores demarcaban el punto desde el cual podía comenzar la acción.

Los reflectores de la actitud
Mientras pensaba en esos gigantescos haces de luz vino a mi mente que nuestra actitud también es iluminada por algunos "reflectores", y encontré cuatro que creo son de gran importancia en la definición de la actitud individual que tiene cada uno de nosotros.
- Patrones de pensamiento. Este reflector tiene que ver con nuestra forma de pensar: el patrón de pensamiento, el contenido de nuestros pensamientos, la calidad de nuestros pensamientos.
- Autoevaluación. El segundo es nuestro nivel de auto apreciación, nuestro concepto del valor personal, cuánto valoramos nuestras vidas.
- Valoración de los demás. El tercero es el valor que asignamos a las vidas ajenas: sus goces, sus esperanzas, sus tristezas.
- La creencia en un poder superior. El cuarto reflector que ilumina nuestra actitud se relaciona con nuestra creencia en un poder superior, con nuestra relación con Dios.
Patrones de pensamiento
Se nos ha enseñado cómo pensar. Muchas de las formas cómo evaluamos el mundo que nos rodea las aprendimos de los que nos enseñaron: nuestro padres, nuestros hermanos y otros miembros de la familia. Aprendemos con el principio de causa a efecto que el fuego quema y que el frío lesiona. Podemos aprender a ser cínicos o a ser amables. Nuestros patrones de pensamiento reflejan la enseñanza que recibimos, o nuestra carencia de ella. Es importante reconocer que nuestra forma de pensar a menudo refleja los patrones de pensamiento de nuestros padres y demás familiares, las escuelas a las que asistimos y la sociedad que nos rodeaba. Por supuesto, tenemos talentos y rasgos de personalidad innatos, pero aunque estos influyen en nuestro patrón de pensamiento emocional y, posiblemente, en la atracción que ejercen sobre nosotros ciertos conceptos, en gran medida reflejamos la forma de pensar de las personas con quienes nos relacionamos. De hecho, hay quienes creen que los jesuitas están en lo correcto, cuando dicen: "Dennos a un niño hasta los siete años, y será católico para siempre". Nuestros primeros años definen el tipo de persona que seremos.
El lavado de cerebro puede cambiar el patrón de pensamiento de una persona cuando lo aplican regímenes controladores de la mente como los comunistas o los fascistas.
Todos podemos pasar rápidamente a posiciones extremas si seguimos procesos de pensamiento desequilibrados. El presidente estadounidense Eisenhower estaba convencido de que las posiciones extremas adoptadas en un debate casi nunca son correctas. Cuando nos damos cuenta que estamos en una posición "extrema", deberíamos analizar cuidadosamente nuestros procesos de pensamiento para ver si, en efecto, estamos proyectando una actitud desequilibrada debida a patrones de pensamiento aprendidos.
Para los cristianos hay una solución al problema del pensamiento desequilibrado que pudiera conducirlos al extremismo: "Haya en vosotros, pues, este sentir que hubo en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). Este es el Jesús que no condenó a la mujer sorprendida en adulterio, pero le indicó un camino mejor. Este es el Jesús que condenó la hipocresía e insistió en la integridad. Este es el humilde Jesús que urgió a abandonar el orgullo, la arrogancia y el control de otros. Esta es la mente del Jesús que invitó a los niños a venir a él y a todos a adoptar la sencillez de un pequeño y a evitar la intrigante maquinación de los fariseos. Este es el Jesús que se llenó de compasión por el sufrimiento, que comprendió a los que sufrían y que amó a los pecadores. Nosotros podemos elegir ser como Jesús.
Pero para ser como Jesús debemos entrenar nuestras mentes para que piensen como él. Recordemos que tanto la fatiga como el aburrimiento pueden inducirnos a pensar y hacer lo que normalmente no haríamos. Si realmente queremos tener una mente como la de Jesús, evitaremos también comer en exceso y ser indulgentes en forma indebida en todas las cosas, porque pueden cambiar el equilibrio químico neurológico de nuestro cerebro.
Y no importa cuán equilibrados seamos normalmente, podemos caer en la trapa de obsesionarnos por algo que nos preocupa, analizando minuciosamente una situación hasta las profundidades increíbles de "Y qué si...", haciendo imposible ver el todo. Así caemos en situaciones a las que Jesús recomendó que no llegáramos: "¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!" (Mat. 23:24).
Los filósofos antiguos comprendieron el poder del ayuno: la claridad de pensamiento que se produce cuando la mente se encuentra libre del bombardeo bioquímico de los alimentos. Es algo que deberíamos considerar cuando estamos luchando con un problema perturbador. Y aunque es posible que no le esté ocurriendo al lector, millones de personas están hoy alterando la química de sus cerebros con drogas, incluyendo algunas legales, como el tabaco y el alcohol. Es probable que pensemos que es fácil cambiar nuestro patrón de pensamiento, pero muchos adictos que están en proceso de recuperación encuentran, para su disgusto y mortificación, que el uso de drogas ha alterado las conexiones de sus neuronas. Esto es particularmente cierto en los jóvenes y los niños.
Autoevaluación
Nuestro segundo determinante de la actitud es la forma en que nos valoramos a nosotros mismos. Esto también se aprende. Los psicólogos nos dicen que para la edad de tres años la mayoría de los niños ya ha aprendido el sentido del valor personal. Es de extrema importancia que nos valoremos a nosotros mismos. Si no lo hacemos, no tendremos motivación alguna para cuidar nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu. Y si no nos autovaloramos, es muy difícil que aceptemos el valor infinito que Dios ha dado a nuestras vidas.
Ahora bien, debemos ser cuidadosos para no pensar únicamente en nosotros mismos, porque nos volveremos arrogantes, orgullosos e incluso obstinados y exigentes; en cuyo caso es posible que nuestras relaciones con los demás no sean de "dar y recibir", sino de "tomar". Los que son incapaces de dar no siempre reconocen lo que los demás hacen por ellos. La costumbre de culpar a los demás por las dificultades de la vida se convierte en ellos en una segunda naturaleza y son incapaces de pensar, ni siquiera por un momento, en aceptar su responsabilidad. De más está decir que a gente como esa es muy difícil de amar.
En el otro extremo están aquellos que se sienten totalmente desesperanzados, indignos, que son incapaces de aceptar el amor. Algunas veces se crean ellos mismos una coraza protectora a partir de su dolor; por eso son espinosos y difíciles de tratar. Pueden intentar elevarse a sí mismos rebajando a otros y, sin embargo, nunca parecen alcanzar el éxito; así que, nada puede satisfacerlos. Y como el valor personal real se aprende, y como encerrarse en uno mismo es una distorsión de la realidad, las actitudes de quienes se sitúan en esos extremos son, con frecuencia, desfiguradas y carentes de realismo.
Sin embargo, hay solución. Jesús mira nuestra deformada imagen, y dice: "Sígueme".
Sentado en la rama del árbol, el pequeño recaudador de impuestos se ubicó por encima de la multitud. Despreciado por otros, y despreciándose a sí mismo, Zaqueo había tratado de encontrar la felicidad a través de la riqueza y la opulencia. Sin embargo, a pesar de toda la seguridad que su dinero parecía proporcionarle, vivía acomplejado por su baja estatura; jamás sería suficientemente alto, suficientemente rico, suficientemente bueno; y en lo más profundo de su corazón lo sabía.
Sin embargo, Jesús, que conocía su necesidad de reconocimiento y aprecio, y la desesperada búsqueda de estima propia de Zaqueo, había venido a cambiarle la vida. Por eso, parándose bajo el árbol miró hacia arriba, hacia las ramas llenas de hojas, y lo llamó: "¡Zaqueo!". Con aquella única palabra, Jesús le otorgó al despreciado recaudador de impuestos no solo reconocimiento sino también respeto. Al pronunciar su nombre le dio la bienvenida como a un igual, un amigo, un compañero. Luego, invitándose a sí mismo a comer, Jesús hizo que el miserable y solitario corazón de Zaqueo se llenara con el gozo del reconocimiento.
Jesús también conoce mi necesidad de reconocimiento y mi deseo de ser apreciado, así como conoce la tuya. Él nos llama a ti y a mí por nombre, y nos invita con estas palabras: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cagados, y yo os haré descansar" (Mat. 11:28). Yo me reconozco a mí mismo allí, ¿y tú? Si tan solo pudiéramos apreciar el hecho de que somos altamente valorados por Jesús, dejaríamos la desconfianza propia y las muletas inútiles de la arrogancia y el orgullo. Abandonaríamos la necesidad de corregir a otros, de ser vistos como "sabelotodos", y el deseo de ser importantes a los ojos de los demás. ¿Por qué? Sencillamente porque somos importantes para Jesús.
Valoración de los demás
El tercer reflector sobre nuestra actitud es el valor que adjudicamos a los demás, o el que les negamos. Por supuesto, con frecuencia somos inconscientes de nuestro comportamiento y de la forma cómo tratamos a nuestros semejantes. Eso me ocurrió a mí hace poco.
Yo había organizado una reunión y lo había planificado todo para que cada cual hiciera lo que le correspondía. En medio de la actividad de indicarles lo que había asignado a cada cual, una colega que nunca había dejado de señalar las deficiencias de otros comenzó a imitar mi comportamiento: "¡Tú, haz esto; tú haz lo otro!"
Me qué helado. ¿Es eso lo que o parecía? ¿Un pequeño dictador? Acertada o equivocada, lo cierto es que me hizo detenerme y pensar.
Ciertamente, todos necesitamos detenernos a pensar: ¿Cómo valoro a los demás? ¿Cómo demuestran mis palabras y mis actos lo que pienso de ellos?
Todos nos sentimos en nuestro ambiente natural en nuestro hogar, junto a los que son los más cercanos a nosotros. Allí se nos ve como lo que en realidad somos. En unos pocos años, el idolatrado esposo desarrolla una panza prominente, pierde el cabello y adquiere algunos malos hábitos. Y tampoco la princesa luce muy atractiva y sofisticada con su arrugado pijama y una cara grasosa por las cremas, sin arreglo personal. Sin embargo, es en el hogar cuando estas realidades se convierten en algo inevitable, donde nuestra verdadera valoración de los demás aflora. Cuando aprendemos a amar a pesar de las manchas, las arrugas, los defectos y la calvicie, mostramos que en verdad valoramos a la otra persona.
La Biblia habla de no confiar en quienes hablan o hacen gestos que desmerecen a otro. El valor que damos a los demás, o el que le negamos, puede reflejar el valor que nos asignamos a nosotros mismos. Podemos destruir una reputación por criticar a un amigo o compañero de trabajo, diciendo cosas que nunca le diríamos cara a cara. Momentáneamente puede hacernos sentir bien arrojar un poquito de lodo sobre alguien que no está presente, pero al hacerlo decimos mucho acerca de nosotros mismos, porque el valor que les asignamos a otros proyecta la luz de un reflector sobre nuestras propias actitudes. El gesto de desdén y la risita disimulada de desprecio dicen más de nuestra actitud que de la devaluación de la otra persona, y el observador e interlocutor inteligente reconocerá nuestro intento de ensalzarnos a nosotros mismos cuando tratamos de rebajar a un semejante.
Mientras caminaba rodeado de una multitud, Jesús sintió de repente que de él había salido poder sanador (ver Marcos 5). Se detuvo inmediatamente y preguntó quien lo había tocado, sintiéndose conmovido interiormente porque alguien se había acercado a escondidas y depositado tal fe y tal confianza en él que le había "robado" la sanidad. Así que Jesús aguardó. La multitud abrió paso, y una temblorosa mujer se acercó. El Señor la miró. Aquella mujer de fe, que había sufrido de hemorragias durante doce años, lo miró: "Tu fe te ha salvado -le dijo Jesús-. Vete en paz".
En aquel encuentro, tanto la mujer enferma como el hombre a quien ella había tocado se asignaron mutuamente inmenso valor. Si pudiéramos mirar hacia los demás como miramos a Jesús, llegaríamos a ser semejantes a él. No es extraño que el primer mandamiento consista en amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón. Es este mandamiento el que hace posible el segundo: amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos (Luc. 10:27). Como podemos ver, al amar a otros nos volvemos más y más semejantes a Jesús.
Para comprender nuestra actitud debemos examinar cuidadosamente lo que pensamos de los demás y la forma cómo nos portamos con ellos, sean familiares, amigos o desconocidos.
La creencia en un poder superior
El cuarto reflector sobre nuestra actitud muestra lo que pensamos de Dios. Los ateos no tienen ningún Dios que les diga: "Este es el camino, andad en él". Por tanto, deben construir un sistema de ética que gire alrededor de la filosofía humana. El humanismo ha reemplazado a Dios y, sin embargo, como sin Dios es imposible encontrarle significado a la vida, un sistema de valores se vuelve intangible. Por eso vemos el surgimiento del hedonismo. "Si te parece bien, hazlo", y "Mientras no moleste a los demás...", se convierten en la consigna de muchos.
Pero si no hay propósito o significado en la vida, ¿cómo puede haber valor? Si el valor es meramente el que yo le atribuyo a algo o a alguien, ¿qué pasa si no te valoro? La sociedad sin Dios se convierte en un lugar donde falta el respeto. La otra gente es considerada como una catapulta o un obstáculo para la promoción personal propia. Sin embargo, ¿a dónde o desde dónde avanzo? Si no hay significado en la vida ¿quién determina que mi éxito es, en verdad, éxito? Sin significado, en realidad nada importa. Sin un Dios todopoderoso, el relativismo se convierte en algo totalmente carente de significado y, por lo tanto, hace lo mismo con las relaciones. En algún lugar debe existir una norma sobre la cual podemos calibrar el valor de la vida.
Cuando Moisés se paró frente a la zarza ardiente en Horeb, cuestionó la voz, la autoridad de aquel que le indicaba volver a Egipto. "¿Quién les diré que me envió?", preguntó. La misteriosa respuesta "Di a los israelitas, YO SOY me envió a vosotros", era inefablemente profunda. Más allá de todo cálculo incluso para la mente de Einstein, centrado exclusivamente en la teoría de la relatividad, "YO SOY" abarca todo el tiempo, toda la existencia. Este es el Dios que sustenta todo, que es el misterio de la existencia, que está más allá de nuestra comprensión y que, sin embargo, se caracteriza a sí mismo con unos claros trazos que los seres humanos pueden -aunque sea vagamente- comprender. Este es el Dios que, al encarnarse, expresó un amor infinito a través de la vida de Jesús. Nuestra actitud queda iluminada por nuestra apreciación y nuestro concepto de este Poder Superior.
Al ser altivos y orgullosos podemos negar su existencia. Al llenarnos de duda y temor, exigiendo pruebas según nuestros propios términos, podemos llegar a ser agnósticos. Si somos temerosos y dudamos de nuestro valor, podemos negar su interés en nosotros como individuos.
Sin embargo Jesús, de pie ante Jerusalén, lloró, diciendo: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, pero no quisiste!" (Mat. 23:37).
Cuando consideramos estas cuatro luminosas percepciones: nuestro patrón de pensamiento, nuestra autoestima, la forma en que valoramos a los demás y nuestra creencia en Dios, comprendemos que nuestra la Divinidad resulta determinante para las otras tres, de tal manera que nuestra actitud revela mucho de nuestra visión del mundo, y nuestra cosmovisión refleja nuestro concepto de Dios.
Aquellos que consideran a Dios como amante y bondadoso tendrán una perspectiva diferente de la que tienen los que lo ven como duro y vengativo. La gratitud de quienes confían en Jesús como su Salvador -los que reconocen su vida y su muerte como un don gratuito para el mundo enfermo de pecado- afectará todos los aspectos de su vida.
Habiendo caminado a través de lo que David llamó "el valle de sombra de muerte", los que reconocen a Jesús como su Salvador tendrán una actitud diferente de aquellos cuyo sistema de creencias no incluye un Padre amante que anda por ese "valle" con ellos.
Alguien ha dicho que existen contraseñas secretas para llegar al cielo. Las puertas de perlas se abrirán ampliamente, pero aquellos que quieran traspasarlas deben decir con corazones sinceros la contraseña, las palabras secretas. Las palabras reflejan nuestras actitudes porque la actitud es la clave para entrar al cielo.
¿Te gustaría conocer esa contraseña? Yo te lo diré. Son palabras fáciles, sencillas, pero debes ser sincero cuando las pronuncies. El código secreto, esencia del significado de la vida, es: ¡Gracias, Jesús!
Una actitud de aprecio no te ata a una esclavitud humillante. Más bien, te libera para servir libremente a otros. Esta libertad es la que conduce a una actitud más elevada: la alabanza. La alabanza va más allá del simple aprecio a la aplicación dentro de nuestras vidas de aquellos que estimamos: la vida de Jesús. Es cuando, a través del Espíritu Santo, la plenitud de la libertad, nuestra vida entera, se convierte en una alabanza.
El apóstol Pablo escribió: "Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte" (Rom. 8:2). Pablo reconocía que los agentes del mal son poderosos y perversos, pero explotó en gozo por el poder salvador del Espíritu, terminando el pasaje con estas triunfantes palabras: "Por lo cual estoy seguro que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rom. 8:38, 39).
Durante muchos años mi padre predicó con fervor y convicción el mensaje de salvación por la gracia de Cristo. Con esa influencia era más que natural que yo aceptara la gracia de Dios como un certeza; pero mi querida esposa, Janet, que se unió a la iglesia Adventista cuando ya tenía más de veinte años, con frecuencia sufría preguntándose si sería suficientemente buena como para ir al cielo. Yo le decía que ella, como todos nosotros, no somos suficientemente buenos para ir al cielo, pero que Jesús sí lo era, y él murió para que cualquiera que quiera entrar, como su huésped especial, pudiera ser admitido. Sin embargo, Janet no asimilaba esa idea hasta que leyó el libro de Philip Yancey, Gracia divina vs condena humana. Una vez que experimentó el poder emancipador de la gracia, se convirtió en una mujer nueva. Confiando en Jesús, nunca más cuestionó su salvación. Ya no se preocupa ni lucha para alcanzar una obediencia compulsiva. Ahora acepta la misericordia divina y la celebra como lo haría Jesús. Ya no centra su atención en sus ansiedades. Más bien, piensa en las necesidades de otros. Su vida está llena de gozoso servicio, sin ninguna expectativa de recompensa, porque ha reclamado todo lo que para siempre necesitará: ¡Jesús!
Los siguientes capítulos analizarán el significado de las celebraciones de la vida. Nosotros somos seres "completos", constituidos por componentes espirituales, mentales, físicos y emocionales. Con esto en mente, consideraremos al ser en su todo. El propósito no es detallar lo que podemos y lo que no podemos hacer sino, más bien, aprender la mejor forma de disfrutar el don de la vida, porque la gratitud abre nuestros corazones a la celebración y al gozo.
Jesús todavía sana hoy, como siempre. Espero que sientas su toque mientras lees este libro.
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