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Giezi: Perder la marca

Escrito por : FAR Ministerios on 19 de diciembre de 2010 | 07:57

Imagine
Imagine qué habría sucedido si al profeta Elíseo le hubieran solicita­do que llenara un formulario de evaluación sobre Giezi. Digamos que podría haber resultado algo así como lo siguiente:

EVALUACIÓN DEL SUPERVISOR DEL APRENDIZ

Privado y Confidencial

Nombre del aprendiz: Giezi

Función: Aprendiz del profeta Elíseo

Empleador: El Dios del universo

Propósito:

Este es un informe confidencial sobre el proceso de evaluación de los progresos del aprendiz en el programa de aprendizaje. La evaluación ho­nesta y reflexiva debe identificar las fortalezas y debilidades del candidato, así como indicar si este debe continuar o no con su formación.


Instrucciones

Lea cuidadosamente y evalúe cada característica, rasgo o capacidad.

Hábitos de trabajo

Apariencia e indumentaria para el trabajo

Giezi siempre se ha preocupado por el aspecto exterior y no escatima esfuerzos para cuidarlo.

Percepción de la situación laboral

Aunque Giezi tiene un buen conocimiento teórico de Dios y ha visto de primera mano muchos ejemplos de su poder, curiosamente, parece no tener una relación personal con él. Se muestra poco interesado en los planes nacionales o internacionales de Dios, y pareciera no darse cuenta del papel que desempe­ña en su ayuda u obstaculización.

¿Sigue instrucciones el aprendiz?
Giezi es muy inteligente y creativo, lo cual es una de las razones por las que fue seleccionado para este aprendizaje. Es rápido para evaluar una situa­ción y demuestra su capacidad de sacar provecho de las circunstancias. Por desgracia, no siempre sigue las instrucciones al pie de la letra.

Actitud:

Aceptación de las condiciones de trabajo

Lamentablemente, Giezi parece haber entendido mal el oficio de profeta. No parece darse cuenta de que un gran líder debe estar dispuesto a servir a todos. Giezi nunca ha aceptado la realidad de que, a menudo, los profetas no son ni populares ni ricos. Además, parece que pretende que el aprendizaje ac­tual sea un trampolín al poder y la influencia.

Cortesía y sensibilidad hacia los demás

Al comienzo de su periodo de aprendizaje Giezi mostró una gran sensibili­dad hacia los demás y fue capaz de evaluar correctamente las situaciones y necesidades de las personas. Sin embargo, esta sensibilidad hacia los demás se ha desvanecido por completo.

Ética laboral

La ética laboral de Giezi se ejemplifica tristemente con un caso reciente en el que obtuvo una gran suma de dinero y ropa de diseño falsificando información.

Continuidad en el programa de aprendizaje
Giezi ha Participado en este programa durante años, y yo esperaba que sería capaz de ocupar mi cargo después de mi jubilación. Realmente parecía que tenía todos los talentos y aptitudes necesarios. Lamentablemente, Giezi ha dejado escapar la oportunidad que le ofrece este programa y ya no parece tener la necesaria dedicación o predisposición para continuar.

Nombre del supervisor (por favor, en letra de molde y firma)

Elíseo.

Personajes

Giezi:
Como siervo del profeta, solía considerarse su sucesor natural (véase la relación Elías-Eliseo en 2 Reyes 2). Giezi aparece tres veces en las historias de Elíseo. En primer lugar, actúa como un intermediario en la re­lación de Elíseo con la mujer sunamita (2 Reyes 4). Hace su segunda apari­ción en la curación milagrosa de Naamán, el comandante del ejército sirio (2 Reyes 5). Por último, vuelve a aparecer en la corte real israelita, donde refiere al rey Joram las hazañas de Eliseo (2 Reyes 8:1-6). Los mo­tivos de Giezi no son claros, y su carácter es dudoso.

Eliseo: Su nombre significa «Dios salva», y es conocido como alguien que obra milagros sin mediar muchas palabras. Este énfasis en la acción más que en la reflexión o la enseñanza puede ser debido al interés historiográfico del material bíblico. Eliseo ministró principalmente en el reino del norte de Israel, a pesar de que parece haber tenido tratos con algunos de los reyes de las naciones vecinas de Moab, Edom y Siria. Co­mo profeta (y precursor de los profetas mayores clásicos, como Isaías, Amos u Oseas, del siglo VIII a. C.) se relaciona de forma significativa con los marginados. Proporciona un enorme aprovisionamiento de aceite a una viuda (2 Reyes 4:1-7); transforma el agua en mal estado de una fuen­te, de modo que una pequeña comunidad tenga un suministro de agua potable (2 Reyes 2:19-22); y alimenta a cien hombres con solo veinte pa­necillos de cebada (2 Reyes 4:42-44). Sus sabios consejos a los reyes nos hablan de un pensador cuidadoso y buen oyente, capaz de escuchar la voz silenciosa de Dios.

Naamán:
Su nombre semítico significa «ser agradable». Naamán era el comandante en jefe del ejército arameo, cuya capital estaba en Damasco, Siria, durante el siglo IX a. C. Se lo describe como un soldado muy apreciado por su rey y su familia, quien de repente se ve sorpren­dido por la lepra, una enfermedad que sembraba el terror en los cora­zones de los antiguos. No sabemos a ciencia cierta si su afección cutá­nea era idéntica a la enfermedad de Hansen, el nombre moderno de la lepra, o si solo se trataba de erupciones o eccemas. Aunque no haya sido la enfermedad de Hansen, pudo haber conducido a su aislamiento y cuarentena, lo cual paralizaría su capacidad de trabajo, de adorar y de relacionarse con otras personas.

El rey de Israel:
Ni el rey de Siria, ni el rey de Israel se mencionan por sus nombres. Esta no es una historia de reyes y de cortes reales (aun­que aparezcan en ella) sino de un extranjero que es sanado por el Dios de Israel. El narrador evita las cuestiones cronológicas con el objeto de contar una historia de fe y codicia de un modo más abstracto.

Información sobre el contexto

Naamán y Eliseo vivieron durante el siglo IX a. C, en una época marcada por una creciente fragmentación del poder internacional. El ministerio de Eliseo se centró en el reino del norte de Israel. Los reinos divididos de Israel y de Judá evolucionaron de manera distinta durante esos años. En el norte de Israel, la casa de Omri fue la primera dinastía que pudo desarrollar con éxito algún tipo de sucesión (Omri, Acab, Ocozías, Joram). También fundó una nueva capital en Samaria. Tanto las fuentes bíblicas como las extrabíblicas documentan la creciente ri­validad y la tensión militar entre el reino del norte de Israel y los esta­dos arameos de más al norte (1 Reyes 20, 22; 2 Reyes 6:8-7:20), que solo cesa ocasionalmente en los momentos en que los enemigos más fuertes externos amenazan la región.
Esta tensión subyacente entre Siria e Israel también explica la fuerte reacción del rey israelita sin nombre cuando recibe la credencial diplo­mática procedente del rey (también sin nombre) de su general arameo Naamán, solicitando que Naamán sea sanado (2 Reyes 5:6, 7).
Igualmente durante ese tiempo las «naciones» circundantes (como los amonitas, los moabitas o los edomitas) empiezan a rebelarse contra el yu­go de la dominación israelita (2 Reyes 3). Se nos dice que Joram, el segundo hijo de Acab, condujo una expedición israelita fallida contra los moabitas a través del desierto de Edom (2 Reyes 3:4-27) tal vez en represalia por una rebelión que también aparece descrita en la famosa Estela de Mesha.

En la historia de Judá durante el siglo IX a. C. intervienen tres reyes: Josafat, Joram de Judá (llamado igual que uno de los hijos de Acab) y Ocozías de Judá. De estos tres, Josafat es el líder más importante de Judá, puesto que consiguió la paz con Israel (1 Reyes 22:44), y por des­gracia, llegó a establecer una alianza con la casa de Acab. Los versículos 18 a 26 de 2 Reyes 8 describen cómo Joram, el hijo de Josafat, se casó con Atalía, la hija de Acab, la cual asumiría el trono tras la muerte de su hijo

Ocozías y procedería a exterminar a toda la familia real (bueno, casi a to­da) con el fin de asegurar su gobierno (2 Reyes 11:1). Esta alianza entre Israel y Judá, entre la idólatra aunque poderosa casa de Omri y la casa de Josafat, arrastró lamentablemente a los reyes de Judea.

Acción

La historia de Naamán se inicia con la captura de una joven israelita por parte de las tropas de asalto arameas, la cual termina en la casa de un importante personaje de la corte del rey de Aram, situada en Da­masco (2 Reyes 5:2). Cuando Naamán y su familia se dan cuenta de la gravedad de su enfermedad cutánea, la criada sin nombre notifica a su ama de la existencia de un famoso profeta que vive en Samaría quien es capaz de curar la lepra de su amo. Esta breve observación desencade­na una serie de acontecimientos que guían el desarrollo de la historia. Naamán informa a su jefe, el rey de Siria, quien a su vez se comprome­te a enviar una carta muy exigente al rey de Israel (2 Reyes 5:5, 7). Ante esta petición humanamente imposible, el rey israelita se desespera y se dispone a prepararse para una guerra inevitable. Sin embargo, Elíseo, después de haber oído hablar de su situación, le envía un mensaje y su­giere que le traigan a Naamán.

Cuando Naamán llega a las puertas del profeta, no es objeto de nin­guna atención especial. No hay alfombra roja, ni entrevista privada con el obrador de milagros. No hay una atención especial por parte del per­sonal del profeta. Lo único que recibe es una frase de Giezi, siervo del profeta, que indica que para ser curado tendrá que sumergirse siete ve­ces en el río Jordán. Giezi debió sentirse satisfecho, pues Eliseo final­mente entraba al mercado internacional y gozaría pronto de un nom­bre de fama mundial. Obviamente, como siervo de Eliseo se montaría con él en la ola del éxito.

Naamán no está en absoluto satisfecho con esta receta. Como orgu­lloso arameo que es, señala los ríos mucho más caudalosos del norte; pe­ro ante la insistencia de sus siervos, hace un acto de fe. Finalmente, sigue las instrucciones y se sumerge siete veces en el río Jordán. Después de la sexta vez no sucede nada. Pero apenas sale del agua la séptima vez, el milagro es evidente. Su piel está como nueva y regresa feliz a Eliseo para hacerle entrega de los regalos habituales. A fin de asegurar un trato de favor en el futuro es preciso pagarles bien a los obradores de mila­gros. Sin embargo, Eliseo se niega a recibir cualquier pago. Al contrario, considera que es el momento oportuno para compartir con Naamán su relación con el Dios verdadero, quien lo ha sanado. Tras la feliz partida de Naamán, Giezi sale de la casa y alcanza a los sirios tomando un atajo.

Seguidamente se inventa una historia, y para su satisfacción, recibe dos talentos (aproximadamente 68 kilos) de plata y dos mudas de ro­pa. ¡Qué buena es la vida! Más nunca tendrá que preocuparse por la comida del día siguiente. Ahora será alguien porque tiene con qué. De vuelta a casa de Eliseo, trata de encubrir sus actos.

Pero Eliseo lo espera con una pregunta: «¿Dónde has estado, Giezi?» (2 Reyes 5:25). A medida que Giezi va relatando su visión distorsionada de los hechos (sin duda debe haber dicho una mentira), Eliseo lo en­frenta con la realidad. ¿Cómo podía ocurrírsele que su maestro, que puede resucitar a los muertos, alimentar a los hambrientos y a los po­bres, y saber las cosas que susurra un rey gentil en su alcoba, no se da­ña cuenta de lo ocurrido (2 Reyes 6:12)? Incluso aunque hubiese podido engañar a Eliseo, ¿cómo podría haber esperado eludir al Señor, Aquel en cuyo nombre Eliseo efectuó todos esos hechos milagrosos?

Utilizando otra pregunta retórica, Eliseo enfatiza el mensaje: No es momento de acumular cosas, sino más bien de dedicarnos en servir al Creador del universo, el único que puede resucitar a los muertos y curar a los leprosos. En el caso de Giezi la sentencia se dicta rápidamente y este contrae la misma enfermedad de piel que Naamán, quedando así rico, pero enfermo. Es poco probable que haya continuado su ministe­rio con Eliseo. Vuelve a aparecer en 2 Reyes 8:4, donde conversa con el rey de Israel sobre su antiguo maestro.

En profundidad

En esta sección nos centraremos en la breve conversación que el pro­feta Eliseo tuvo con Giezi en 2 Reyes 5:25. Pero primero, analicemos la relación que Eliseo tuvo con su predecesor, el gran profeta Elías. Eliseo se preparó para su ministerio profético a través de la experiencia práctica cotidiana que obtuvo sirviendo a este hombre de Dios (1 Reyes 19:21). Aunque ambos tenían una relación muy estrecha, Eliseo enten­dió a quién estaba sirviendo realmente. Comprendió que Elías realizaba sus milagros mediante el poder del Espíritu de Dios. Cuando Elías fue arrebatado de esta tierra por un impresionante sistema de transporte ce­lestial, Eliseo sabía exactamente lo que tenía que hacer para continuar la obra: debía tener una porción doble del Espíritu de Elías (2 Reyes 2:9). Al aprender a servir bien a Elías, Eliseo había aprendido a enseñar y dirigir bien a los demás. A pesar de que no se nos da ningún detalle sobre su vocación, sabemos que al ser elegido siervo de Eliseo, a Giezi se le ofre­cieron las mismas oportunidades que Eliseo tuvo.

Esto nos lleva a la conversación entre Eliseo y Giezi en 2 Reyes 5. Giezi acababa de seguir a Naamán y había logrado una pequeña fortuna rápida a través del engaño. Ahora, regresa a casa de Eliseo y parece seguro de que puede seguir con sus quehaceres como si nada hubiera pasado. Después de tantos años trabajando con Eliseo, tenía que saber que Dios no puede ser engañado. Esta es probablemente la razón por la que Dios trata con tanta severidad el engaño en todas sus formas. Las mentiras son un me­dio muy eficaz de mantenernos alejados de Dios. Por eso él aborrece tanto este pecado (Proverbios 12:22). Recordemos que Satanás es descrito co­mo el padre de todas las mentiras (Juan 8:44). Las mentiras tienen dos propósitos que generalmente van de la mano, y ambos pueden verse fá­cilmente en el caso de Giezi. Las mentiras se utilizan para engañar a la gente y obtener lo que en realidad no nos pertenece, tal como Giezi hizo con Naamán. Las mentiras también se pueden utilizar para tratar de cu­brir nuestra vergüenza y evitar la exposición a otras personas. El deseo de evitar la exposición y sus consecuencias hizo que Giezi mintiera cuan­do se le preguntó dónde había estado (2 Reyes 5:26). Estos dos motivos se oponen a lo que Dios tiene en mente para sus hijos. Si hacemos de la regla de oro la norma para nuestra vida, estaremos dispuestos a dar de no­sotros tanto como nos sea posible. La Divinidad ideó una manera de dar lo mejor de sí a la humanidad caída, incluso antes de que esta cayera. Esto muestra la diferencia fundamental entre Dios y Satanás. En Dios to­do tiene que ver con la autoentrega. En Satanás todo tiene que ver con tomar para sí lo que no le pertenece.

Jesús nunca tuvo que mentir para ocultar algo que había hecho. Él más bien mostró una manera muy diferente de manejar las situaciones que lo inquietaban. En lugar de tratar de mentir para salir de un apuro, él oraba y pedía a Dios que lo sacara de situaciones amenazadoras. Si Dios no proporcionaba una manera de salir de ellas, Jesús se apoyaba en la fortaleza de Dios para enfrentar la situación (Mateo 26:39).

Imaginemos que una niña con restos de chocolate alrededor de la boca nos mira con los ojos más inocentes que es capaz de poner y nos dice que ella no tiene absolutamente ninguna idea de quién ha proba­do el pastel. Mientras ella se aferra a su mentira, nuestra relación con ella se ve afectada. Tan pronto como ella admite su culpa, puede afron­tar las consecuencias y la relación puede ser reparada. Todos estamos ante Dios con mucho más que manchas de chocolate alrededor de la boca: «No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13). Mientras sigamos pensan­do que no necesitamos la ayuda de Dios, él no nos podrá ayudar.

Durante años Giezi tuvo la oportunidad de experimentar en carne propia el poder de Dios y saber que él nos ve. Después de correr detrás de Naamán, Giezi no presentó su dimisión a Eliseo ni le dijo que pre­fería dedicarse a los negocios. En lugar de ser sincero con él y decirle que había optado por no servir a Dios, simplemente siguió mintiendo y fingiendo al tiempo que permanecía al servicio de Dios. La actitud de Giezi de mentir y robar debió gestarse durante años y alcanzar su punto culminante en ese momento.

Respuestas

Banalizar las cosas santas: Las personas que viven en presencia de una persona importante tienden a olvidar la importancia de esa persona. Después de todo, día tras día ven sus fallas y sus defectos. Me imagino que los trabajadores de la reina de Inglaterra no siempre muestran respeto por Su Majestad, sino que ven su trabajo como otro cualquiera. La gente que se mueve, conversa y vive en medio de las cosas santas (como los pastores, los profesores de religión, los obreros bíblicos, o los dirigentes de la iglesia) corren el mismo peligro de habituarse a ellas y banalizarlas.

El síndrome de Giezi, o la excesiva familiaridad con lo santo, no se limita al siervo de Eliseo que vivió en el siglo IX a. C. Es algo que nos puede afectar a todos, aun cuando no seamos «profesionales» de la reli­gión, ni recibamos un sueldo de la iglesia o de otra entidad sin fines de lucro. Al orar, leer las Escrituras y hablar de Dios, podemos correr el pe­ligro de olvidar quien es Dios en realidad. Es posible que nos preocupe nuestra situación material. Es posible que nos preocupemos por nuestra ropa y nuestro vestido. Es posible que recitemos nuestras oraciones por la mañana y por la noche como parte de una rutina conocida; y sin em­bargo, olvidar la esencia de la adoración, como el compromiso y el amor que hemos de mostrar hacia un bondadoso Creador y Salvador personal que está dispuesto a pasar tiempo de calidad con nosotros.

A continuación presentamos tres estrategias que pueden ayudarnos a superar esta «enfermedad» tan común y renovar nuestro compromiso con Dios:

Recordemos nuestro primer amor por Jesús. Analicemos la manera en que él llegó a nuestra vida e hizo que nos decidiéramos a seguirlo.
Dediquemos un tiempo a la oración personal y hagamos que esta sea importante. Mantengamos un diario de oración y leámoslo con regula­ridad. Cuando conversemos con el Creador del universo y nuestro Sal­vador personal, la reverencia y la admiración deben dominar nuestra boca. Él se preocupa realmente, incluso de aquellos siervos caprichosos y cansados que han podido perder el rumbo en algún momento.
Tengamos un compañero de oración en quien confiar. Deberá ser al­guien que confíe en el Señor y lo ame. Este es el momento en que podemos bajar la guardia y sentirnos seguro al hacerlo.
Giezi obviamente metió la pata y pagó un alto precio por su codicia. Sin embargo, su historia no solo forma parte de una revisión histórica del pasado de Israel, glorioso y sombrío al mismo tiempo, sino que se la incluye en beneficio nuestro, de manera que podamos aprender de ella y evitar así la trampa en la que cayó Giezi, que lo arrastró a buscar las riquezas y a perder la intimidad con Dios. Al fin y al cabo, «toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16).

Reacción
Chantal: La historia de Giezi me recuerda una frase que dice que pasar tiempo en un estacionamiento no me convierte en un automóvil. Giezi tuvo muchas oportunidades de ver a Dios obrando poderosamente, y sin embargo, parecía completamente ajeno a esa excelsa realidad, al punto de pensar solo en atavíos y dinero. Perdió totalmente la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de Dios. Me pregunto qué habría podido llegado a ser si hubiese dejado que Dios lo utilizara. Por desgracia, jamás lo sabremos. No quiero mirar hacia atrás en mi vida y preguntarme qué potencial pude haber tenido. Quiero que Dios me transforme y me per­mita vivir la vida al máximo, sin remordimientos.

Gerald: Como pastor, veterano profesor de teología y misionero, he visto cómo muchos colegas y amigos han caído por el camino. Sé que yo no soy mejor. ¿Qué los hizo tropezar a ellos y qué me mantiene a mí lu­chando para sostenerme? No puede ser nada que esté dentro de mí. Más bien, es el consejo que mi sabia madre continúa dándome en los mo­mentos oportunos: «Gerald, mantente humilde y aférrate a Dios». Supon­go que ese es el secreto: mantenemos cerca de Dios, permitir que el Espí­ritu Santo nos transforme por dentro y recordar que nuestra nueva condi­ción no ha sido lograda de ninguna manera gracias a nuestro propio es­fuerzo, sino sencillamente gracias a la «gracia admirable».

El rey neoasirio Salmanasar III incluyó a Acab de Israel en una coalición de reyes sirios y palestinos que lu­charon contra ejército asirio de Carear en el río Orantes, al norte de Hamat, al sur de Siria, en el sexto año de su reinado, a saber, 853 a. C Véase Galil Gershon, «Salmanasar III in the West» Revue Biblique 109.1 (2002), pp. 40-5S; y Iain Provan, V. Philips Long y Tremper Longman III, A Biblical History of Israel [Historia bíblica de Israel] (Louisville, Kentucky-Londres: John Knox Westminster Press [2003]), pp. 264, 265. Para el texto de la inscripción que menciona a Acab, véase K. Lawson Younger, Jr., «Neo-Assyrian Inscriptions: Shalmaneser III (2.113)» [Inscripciones neoasirias: Salmanasar III] en The Context of Scripture: Volume 2: Monumental Inscriptions from the Biblical World [El contexto de las Escrituras: Tomo 2: Las inscripciones mo­numentales del mundo bíblico] ed. William W. Hallo K. Lawson Younger, Ir. (Leiden, Países Bajos: Brill [2000]), pp. 261-264.



La historia de la aventura del descubrimiento de la estela de Mesha está disponible en M. Patrick Graham, «The Discovery and Reconstruction of the Mesha Inscription» [El descubrimiento y la reconstrucción de la inscripción de Mesha], en Studies in the Mesha Inscription and Moab [Estudios de la inscripción de Mesa y de Moab], ed. J. Andrew Dearman, Arqueología y Estudios Bíblicos, t. 2 (Atlanta, Georgia: Scholars Press, 1989), pp. 41-92. Para una buena reconstrucción del contexto histórico, véase J. Andrew Dearman «Historical Reconstruction and the Mesha Inscription» [La reconstrucción histórica y la inscripción de Mesha], en Studies in the Mesha Inscription and Moab..., pp. 155-210.

El texto bíblico de 2 Reyes 5: 1 utiliza el mismo término hebreo que denota la lepra, una enfermedad de la piel que requiere cuarentena y connota impureza (cf. Levítico 13:44, 45). Como ya lo mencionamos, no está claro si la definición moderna de la enfermedad de Hansen (es decir, la lepra) es idéntica a la utilización del término hebreo.

Cabe resaltar que el término hebreo que describe la calidad de la servidumbre de Eliseo (1 Reyes 19:21) es el mismo que describe la relación entre Moisés y Josué (Josué 1:1) y no es la palabra típica usada para describir a los siervos regulares.

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