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Rizpa, fiel hasta la muerte

Escrito por : FAR Ministerios on 2 de diciembre de 2010 | 12:33

Imagine

Imagine que está de viaje por Israel y que tropieza con un hito viejo y desgastado en una colina de algún lugar de la antigua región de Gabaa. En este se lee:
«En este lugar, Rizpa, hija de Aja, colaboró con sus abnegadas accio­nes en la reconciliación tribal de los israelitas durante el reinado de David, hijo de Jese. Después de que sus dos hijos Armoni y Mefiboset, junto con otros cinco hijos del anterior rey Saúl, fueran muertos y sus cadáveres expuestos aquí, Rizpa, viuda y sin hijos, acampó junto a los cuerpos de sus hijos muertos y los protegió de la profanación por parte de las aves y otras alimañas. La ejecución tuvo lugar los primeros días del otoño y Rizpa continuó su vigilia en solitario durante varias sema­nas. La fama de su decidida acción desafió al rey David para que recon­siderara la cruda realidad de la rivalidad dinástica y trabajara para con­seguir la reconciliación».

Personajes
Rizpa: Como concubina, formaba parte de la casa de Saúl (2 Samuel 3:7). Los hijos que tuvo con él pertenecían a la casa real. Su nombre significa «carbón ardiente». La mención de su padre Aja sugiere que su familia de­bió ser importante, aunque no sepamos mucho más de ella. Visto desde afuera, pareciera que Rizpa no es más que un signo del estatus social de un hombre poderoso. Sin embargo, en 1 Samuel 3:6-11 no se dice la última palabra sobre Rizpa. Sus acciones en la historia posterior que se encuentra en 2 Samuel 21:1-14, sugieren que ella está al control su propio destino y es un ejemplo de compromiso y lealtad, un hecho que ni el rey David ni el narrador de la historia pierden jamás de vista.
Abner: Es general de Saúl e hijo de Ner. Abner fue una imponente figura en la política israelita para más de una generación. Acorde a la práctica generalizada de las sociedades orientales y copiada por David, parece que Abner era pariente de Saúl (1 Samuel 14:50, 51). La lealtad a la familia y al clan era muy importante en las sociedades antiguas. Era comandante del ejército de Saúl y su guardaespaldas (1 Samuel 26:13-25) y tras la muerte de Saúl en el monte Gilboa, Abner cumple un papel fun­damental para elevar a Is-boset al rango de sucesor al trono de Saúl. Durante un corto interludio de la historia israelita, la capital de Is-boset está ubicada en Mahanaim, al otro lado del Jordán (2 Samuel 2:8, 9). Ab­ner murió a manos e Joab cuando intentaba negociar un cambio de bando (2 Samuel 3:27).

Is-boset: En algunos pasajes de la Biblia también se presenta su nom­bre como Isbaal (Nueva Biblia de Jerusalén), basándose en un nombre ligeramente diferente que aparece en 1 Crónicas 8:33 y 9:39. Esto de­bido a que muchos nombres que incluían el elemento «Baal» a menu­do se reinterpretaban en los nombres bíblicos como «vergüenza», que en las lenguas actuales es una traducción de la palabra hebrea boset. Is-boset es descrito como un personaje débil, y su reino, que se extendió durante dos años, aparece como una nota al margen de la estrella as­cendente de David. Tras el insulto de Abner vinculado con una relación sexual real o no con Rizpa, Is-boset es asesinado por dos de sus hom­bres tras la muerte de Abner a manos de Joab.

David: No necesita que se lo presente. Sin embargo, debemos des­tacar que en esta historia se muestra más reactivo que proactivo. Re­conoce la culpa que las acciones de Saúl han hecho recaer sobre Israel como pueblo y accede a las condiciones de los gabaonitas. Es proac­tivo en el sentido de que consulta a Dios en el asunto de la hambruna (2 Samuel 21:1). Cuando se entera de la generosidad de Rizpa al haber salvaguardado el honor de la familia de Saúl, reconoce la importancia del honor y la vergüenza en el contexto más amplio de la construcción de una nación. Finalmente, encuentra un lugar adecuado para el reposo de los restos de los descendientes de Saúl, propiciando así la buena voluntad de la tribu de Benjamín y otros clanes que pudieran haber seguido sien­do leales a la casa de Saúl.

Información sobre el contexto
En Israel, la transición del periodo de los jueces a la monarquía es compleja e implica muchos cambios. El más importante tiene que ver con conceptos religiosos y teológicos. Cuando los líderes tribales de Is­rael ven que las acciones de los hijos de Samuel son cualquier cosa me­nos brillantes, acuden a visitarlo en Rama, su cuartel general, y le piden que les dé un rey. ¿Podemos imaginar el cambio de paradigma que se inició en ese preciso momento? Sería como imaginar que el Congreso y el Senado de Estados Unidos pidieran que la reina Isabel II de Ingla­terra se convirtiera en la cabeza de estado y soberana absoluta de los Estados Unidos de Norteamérica, pero sin el carácter simbólico que ac­tualmente tiene la corona en el Reino Unido.
Samuel está escandalizado y horrorizado (1 Samuel 8:6). Dios es el Rey del cielo (Números 23:21; 1 Samuel 12:12) y ningún ser humano puede sustituirlo, ni tan siquiera un ser humano designado por Dios. ¿Nos da­mos cuenta de la tremenda diferencia de conceptos? Los jueces eran es­cogidos por Dios, y en general no habían dinastías establecidas. De al­guna manera, sus hijos no habían dado la talla y ahora Israel exigía ser «como los demás».

Desde el punto de vista arqueológico e histórico, el periodo que cubre la transición que ocurrió en el Cercano Oriente durante el siglo XI a. C. se conoce como la «transición a la segunda Edad de Hierro». Esto no significa que las personas comenzaron a usar metales en esa época (ya lo hacían con anterioridad), ni que todos los objetos metálicos usados fueran de hierro (de hecho, el bronce todavía era el metal más usado). Simplemente, se trata de un nombre dado a un período histórico establecido por arqueólogos que trabajaron en Europa y que luego fue adop­tado por historiadores y arqueólogos establecidos en el Cercano Oriente. En aquel tiempo, Israel era una sociedad basada en aldeas en la que las palabras «aldea», «clan» y «tribu» eran esenciales. La petición que Israel hizo de un rey (y por ende, el establecimiento de una monarquía) se ajusta perfectamente a los acontecimientos históricos a mayor escala de la región. Durante el mismo periodo, o un poco antes, las entidades tri­bales vecinas de los arameos, los moabitas, los amonitas u otros, se convirtieron también en monarquías.

Las economías de las aldeas solían ser autosuficientes, por lo que durante ese periodo el comercio exterior era muy escaso. De hecho, co­mo no existía ninguna nación en el sentido moderno del término, las fronteras eran muy permeables y variables. Esta situación se refleja en los libros bíblicos de Jueces y 1 Samuel, especialmente en la interacción entre los filisteos de la costa y las distintas tribus israelitas. La mayoría de las aldeas no estaban fortificadas. A diferencia de las ciudades amu­ralladas, las casas solían estar agrupadas alrededor de un patio abierto y eran parte integral del sistema defensivo del núcleo habitado. El estilo de construcción más frecuente era la casa con cuatro estancias, entre las que se contaba un patio (abierto o cerrado) en el que se desarrollaba la mayor parte de la actividad de la casa. Durante la noche, la mayoría de los animales permanecían en el patio o eran encerrados en una de las habitaciones adyacentes. Las otras estancias servían de almacén de ali­mentos, para guardar los utensilios y para dormir.

El ascenso de Saúl al trono no fue fácil. Tras su designación y ungi­miento en secreto por parte de Samuel (1 Samuel 9:1-10:16), el nuevo líder tenía que demostrar sus habilidades. Saúl muestra su temple en 1 Samuel 11, en el rescate de Jabes de Galaad, que había caído en ma­nos de los amonitas. Después de ese acontecimiento, su reinado queda públicamente confirmado (1 Samuel 11:14, 15).
Quiero aclarar algo en relación a las concubinas en la Biblia. A veces el lector moderno asocia el término «concubina» con «esclava» (o lo que es peor, con «esclava sexual»). Por lo general, una concubina era una esposa de menor rango, aunque sus hijos eran considerados parte de la casa del esposo y eran herederos de pleno derecho. No es extraño que en las genealogías bíblicas aparezcan concubinas con el rango de madre (Génesis 22:23, 24; Jueces 8:31; 1 Crónicas 2:46, 48). Cuando Absalón intentó usurpar el trono de su padre David, escogió hacer público que dormía con las concubinas de su padre (2 Samuel 16:21, 22), indicando con esto su evidente poder y superioridad.

Acción
La historia de Rizpa está finamente entretejida con la de los prime­ros años de la monarquía. Ella aparece en dos encrucijadas fundamen­tales de la vida de David, el segundo rey de Israel. Su título oficioso es «la que pone reyes» y «constructora de la nación», muy adecuado si consideramos la importancia de su implicación en los relatos. Sin em­bargo, la de Rizpa es también una historia silenciosa que no está mar­cada por la acción, sino por el ser. Ella es la concubina de Saúl. Es ma­dre y miembro de una familia real cuya estrella está en franco declive. Es una mujer de una época en la que ser mujer no era cosa fácil. Sin embargo, a pesar de esos desafíos, Rizpa no se queja por su suerte, sino que con su manera de ser y sus acciones es proactiva.
La primera escena de la narración de Rizpa se desarrolla en algún lugar de Transjordania, lejos del centro de la política israelita, al otro lado del Jordán. Is-boset, uno de los hijos sobrevivientes de Saúl, ha­bía sido proclamado rey de Israel con la ayuda de Abner, quien pri­mero fue comandante en jefe del ejército de Saúl. El «hijo de la ver­güenza» (esto es lo que significa su nombre) no era un peso pesado de la casa de Saúl. Seguramente se sentía inseguro, y por lo tanto se muestra paranoico y convencido de que todos conspiran para derro­carlo. En 2 Samuel 3 insulta a Abner acusándolo de dormir con Riz­pa, la concubina de Saúl, cosa que de ser cierta habría constituido un acto de rebelión (versículos 7, 8). Is-boset ni siquiera menciona el nombre de Rizpa. En su pregunta a Abner se refiere a ella como «la concubina de mi padre», una pieza más de las posesiones del rey. Su pregunta desenmas­cara su carácter de líder sediento de poder. Rizpa no es vista como una persona con un nombre, sentimientos e historia. No es la madre de sus hermanastros (2 Samuel 21:8). Por el contrario, es la apuesta en un juego del rey.
La indignante respuesta de Abner es de naturaleza similar. Este tam­bién trata a Rizpa como «esta mujer» (2 Samuel 3:8), aunque la respuesta no deja claro si la acusación de Is-boset es cierta. Los traductores anti­guos del texto hebreo tenían la misma duda, y en algunos casos inclu­yeron referencias a la veracidad de la acusación de Is-boset.

La pregunta de Is-boset abre una caja de Pandora. Abner, con el or­gullo herido y sintiéndose menospreciado, decide unirse al bando de David. Sin duda, la ida de Abner lleva a la desaparición de su desven­cijado feudo. Is-boset y Abner están acabados, aunque este último to­davía no lo sepa.
La segunda escena de la historia de Rizpa tiene lugar varias décadas después de la primera. David es el rey de un Israel mucho más grande, aunque ya empieza a resquebrajarse. Luego de sus conflictos personales con el asunto de Betsabé y lirias, la casa de David se enfrenta a una ame­naza interna: la rebelión de Absalón, su hijo favorito (2 Samuel 15); y otra externa: la hambruna (2 Samuel 21). David busca la dirección divina para resolver el asunto de la hambruna, y se le dice que la casa de Saúl es cul­pable de delito de sangre porque ha quebrantado el pacto divino con los gabaonitas (Josué 9). David se reúne con los gabaonitas, quienes le piden que les entregue a siete de los descendientes varones de Saúl, a los cuales planean matar en pago por lo que le hizo Saúl a su ciudad. David man­tiene la palabra dada a Jonatán (1 Samuel 20:12-17, 42) y descarta a su hijo. En su lugar envía a los dos hijos de Rizpa junto con cinco hijos de Merab, la hija de Saúl.
Obviamente, David es el monarca absoluto y no necesita de ninguna consulta o voto parlamentario. En ese momento, además de ser viuda, Rizpa ya no tiene hijos. Después de ejecutar a los siete miembros de la familia de Saúl, los gabaonitas cuelgan los cuerpos al aire libre durante toda la estación de la cosecha.
Como en muchas otras culturas, la muerte en Israel llegaba a su térmi­no cuando el difunto era sepultado en su lugar de descanso final, preferi­blemente en la tierra de sus ancestros. Para Saúl y su familia esto no habría ocurrido si no hubiese sido por Rizpa. El autor bíblico la describe sentada día y noche junto a los cadáveres, protegiéndolos de los profana­dores. Su silencioso testimonio llega a David, quien con su respuesta actúa por el bienestar de la nación. Aparentemente, David se da cuenta de que para comenzar de nuevo no siempre son necesarias acciones decididas y expeditivas, sino también mostrar perdón y aceptación, aunque se trate de un enemigo. Es interesante notar que la hambruna no cesó después de la muerte de los siete descendientes de Saúl, sino únicamente hasta que Saúl y sus descendientes fueron finalmente sepultados en el lugar de sus ances­tros (2 Samuel 21:14). Ese fue el verdadero término.

En profundidad
Hablar no cuesta nada, pero actuar vale oro. ¿Nos dimos cuenta de que Rizpa nunca abre la boca en las dos ocasiones en que aparece en las Escrituras? Ella permanece en silencio, aparentemente pasiva y defi­nitivamente subestimada y mal representada. No obstante, es capaz de cambiar el destino de la dinastía y empujar a la nación hacia la recon­ciliación y un nuevo comienzo.
¿Cómo es posible? En un mundo inundado de voces, sonidos, imá­genes, blogs y medios de comunicación masivos, en el que solo se escu­cha al que hace más ruido, sorprende leer y «escuchar» la silenciosa his­toria de Rizpa. El primero de los personajes de 2 Samuel 21:1-14 que habla es David. Enfrentado con la realidad de la hambruna, clama a Dios. El texto hebreo dice literalmente que «buscó el rostro del Señor» (versículo 1), otra manera de decir que necesitaba que Dios lo guiara y co­nocer su voluntad.
Aparentemente, Dios responde e insinúa que la masacre de los ga­baonitas por parte de la familia de Saúl es la causa de la hambruna (aunque no se nos dice exactamente qué sucedió). David vuelve a ha­blar en los versículos 2 y 3 cuando se reúne con los astutos gabaonitas (ver Josué 9). Los gabaonitas responden colectivamente y establecen dos principios importantes. El primero es que el delito de sangre no puede ser pagado con oro o plata. El segundo es que, a causa de su estatus en Israel (recuérdese que no eran ciudadanos, sino siervos), no tienen el derecho de ejecutar a otros. En los siguientes versículos se establece un intercambio de réplicas y contrarréplicas entre David y los gabaonitas del que surge la demanda de estos últimos de que siete descendientes de la familia de Saúl tienen que ser ejecutados de manera sustitutiva.
Después de haber recibido el diagnóstico divino sobre la hambruna, David aprueba la exigencia de los gabaonitas. Así que, separa siete miembros varones de la familia de Saúl con la notable e importante ex­cepción de Mefiboset, el hijo de Jonatán, que disfruta de la protección que David había pactado con su padre. Los gabaonitas ejecutan a siete miembros de la familia de Saúl al comienzo de la cosecha de la cebada.
Es aquí donde aparece Rizpa, silenciosa, sin pronunciar una palabra. Se nos dice que dos de sus hijos se encontraban entre los miembros ejecutados de la casa de Saúl (versículo 8). Ella no habla, sino que actúa. Se queda cuando la vergüenza se hace pública. Protege los cadáveres de los miembros ejecutados de su familia contra la profanación y la des­trucción. Los vigila durante aproximadamente seis meses. No es fácil imaginar la dureza de una vigilia de esta naturaleza. No hay servicio de entrega de alimentos, sino que tiene que segar por sí misma.
Durante su vigilia Rizpa no pronuncia una sola palabra. Su compor­tamiento es diametralmente opuesto al de la locuaz y elocuente Abigail, cuyo discurso cambió el corazón de un guerrero iracundo. Alguien le habla al rey David del coraje de una viuda que defiende hasta el últi­mo aliento el honor de su familia, los cuerpos de sus hijos ejecutados.

Conmovido por el silencioso pero poderoso testimonio de Rizpa, David actúa y da inicio a la reconciliación nacional. Los cuerpos de Saúl, Jonatán, los otros hijos de Saúl y los siete ejecutados de su familia son trasladados finalmente al lugar de descanso ancestral, el país de Cis, el padre de Saúl. Cuentan los rabinos que los huesos fueron trasla­dados en procesión por todo el territorio de Israel. No hay base bíbli­ca para afirmar esto, pero pudo haber sucedido como parte del proceso de reconciliación nacional. Definitivamente, algo tuvo que haber suce­dido, porque después de este acto la hambruna cesó. «Dios fue propi­cio a la tierra después de esto» (versículo 14).

Respuestas
Delito de sangre: La ley del Antiguo Testamento consideraba la vida humana como un tesoro de gran valor. El derramamiento de sangre inocente era considerado un homicidio (Génesis 9:6; 37:22; Números 35:33; Deuteronomio 21:7) y no había sacrificio que resolviera el delito. Pero un ho­micidio no tenía que ser perpetrado necesariamente por el propio ho­micida. Natán reconoce en David al asesino de Urías, aunque no haya sido él quien hundió la espada (2 Samuel 12:9). De manera similar, el asesinato de Nabot por parte del rey Acab se reconoce como tal, y Elías pronuncia una sentencia sobre el rey (1 Reyes 21:18-24).
En 2 Samuel 21:1 no se especifica cuándo ni dónde aniquiló Saúl a los gabaonitas, quienes habían establecido un pacto fraudulento con Josué que garantizaba su existencia (Josué 9). El hecho de que fueran amorreos y se establecieran en el territorio de Benjamín debió motivar aún más a Saúl. La historia de la ejecución de los sacerdotes de Nob por parte de los secuaces de Saúl (1 Samuel 22:16-19) da más base a la probabilidad y plausibilidad del delito de sangre de la casa de Saúl con­tra los gabaonitas. Sin embargo, los pactos hechos en nombre del Se­ñor eran santos y estaban reconocidos por Dios como el avalador y ga­rante del tratado.
La gravedad del delito de sangre queda ilustrada por el hecho de que sus efectos —en este caso una hambruna— no alcanzan a Israel bajo el reinado de Saúl o sus descendientes, sino bajo el reinado de David, quien representa a una nueva dinastía como ungido del Señor. No cabe duda de que el delito de sangre es un asunto grave. Simbólicamente, «mancha» el carácter de las personas y de los pueblos, y requiere más sangre para una purificación efectiva. Este hecho ilógico (¿cómo se pue­den eliminar manchas de sangre con más sangre?) nos pone ante el acto más «ilógico» de la historia: la muerte de Jesús, el inocente Corde­ro de Dios y Mesías que dio su vida en sustitución de la raza humana. La muerte de Cristo en la cruz —su aceptación de la culpa de nuestros pecados— es la única manera de superar el delito de sangre del pecado que ha mancillado a la humanidad. Su sacrificio nos da una salida.

Reacción
Chantal: La historia de Rizpa presenta un gran desafío. Algo en mí se estremece al ver cómo todos la tratan como a un títere. Hay muchos elementos que, desde el punto de vista cultural, están tan lejos de mi manera de pensar, como la forma en que es tratada como mujer y todo el asunto del delito de sangre. Enfrentarme a su historia me recordó una vez más que hay muchas otras maneras de ver el mundo aparte de la mía y que ni siquiera una historia bíblica puede ser etiquetada fácil­mente y colocada en la caja que me parezca adecuada. Sin embargo, hay cosas con las que puedo identificarme perfectamente: el amor de una madre sufriente y la lealtad que se manifiesta en condiciones extre­mas y que desata una reacción en cadena positiva.
Gerald: Rizpa me recuerda que los cambios no siempre son obrados por personas poderosas, sino por quienes permiten que el poder de Dios obre en ellos y a través de ellos: los altos, los bajos, los ancianos o los jóvenes. Me pregunto cuánto tengo de la actitud y el compromiso de Rizpa. ¿Estoy dispuesto a hacer lo que me toque sin la esperanza de que se me reconozca, sencillamente por qué creo que se debe hacer? ¿Hasta qué punto me he convertido en alguien poderoso en una socie­dad sedienta de poder? Si bien Rizpa no siempre tuvo la oportunidad de elegir, cuando la tuvo, escogió y le fue contado para la eternidad.

No podemos menos que preguntarnos por qué, a pesar de que anduvieron con Dios, la mayoría de los buenos jueces o reyes no tuvieron hijos que siguieran sus pasos. Pensamos, por ejemplo en Abimelec, el hijo de Gedeón (Jueces 9), la descendencia de Elí (1 Samuel 2:12-17) y los descendientes de Samuel (1 Samuel 8:1-3). ¿Y qué decir de Absalón y Adonías, hijos de David; o de Manases, hijo de Ezequías, quien se reveló como uno de los peores reyes que jamás tuvo Judá (2 Reyes 21)?

Una historia actualizada muy útil es lain Provan, V. Philips Long y Tremper Longman III, A Biblical History of Israel (Louisville, Kentucky-Londres: Westminster John Knox Press [2003]).

Muchos arqueólogos han lamentado el uso de esta nomenclatura por ser imprecisa. El profesor Israel Finkelstein de la Universidad de Tel-Aviv sugirió designar el periodo comprendido entre los años 1150 y 1000 a. C. como «Periodo de los estados proto-nacionales», ya que durante esos años surgieron los estados nación del antiguo Oriente Próximo. Sin embargo, aunque fue recibida con interés, su propuesta no obtuvo el apoyo necesario para cambiar el paradigma científico. Compare Israel Finkelstein, «Toward a New Periodization and Nomenclatura of the Archaeology of the Southem Levant» [Hacia una nueva periodización y nomenclatura de arqueología del Levante sur] en The Study of the Ancient Near East in the Twenty First Century: The William Foxwell Albright Centennial Conference [El estudio del antiguo Oriente Próximo en el siglo XXI: Congreso del Centenario de William Foxell Albright], ed. Jerrold S. Cooper y Glenn M. Schwartz (Winona Lake, Indiana: Eisenbrauns [1996]) págs. 103-123.

En Robert D. Miller II, Chieftains of the Highland Clans: A History of Israel in the 12th. and llth. Centuries B. C. [Jefes de los clanes de las tierras altas: Historia de Israel durante los siglos XII y XI a. C] se puede encon­trar un resumen muy útil de la historia de Israel durante dicho periodo, de forma específica en las páginas 97-103.

En Mary E. Shields, «Concubine» [Concubina], en The New Interpreter’s Dictionary of the Bible [Nuevo dic­cionario del intérprete de la Biblia], ed. Katherine Doob Sakenfeld, 5 tomos (Nashville, Tennesee: Abingdon Press [2006]) tomo 1, pp. 713, 714 se puede encontrar una concisa discusión de los datos bíblicos.

La versión de Luciano de Samosata del texto griego del Antiguo Testamento incluye algunas notas adiciona­les en el versículo 7: «Y Abner la tomó», siguiendo al nombre y la casa de Rizpa. Sin embargo, puesto que esta es la única referencia, parece ser que se trata de una inserción del escriba que intenta dar sentido a un texto ambiguo. Cf. Robert P. Gordon, I &II Samuel: A Commmentary [1 y 2 Samuel: Comentario] (Grand Rapids, Michigan: Zondervan [1986]), p. 217 (y nota 31 referenciada aquí).

En hebreo, el verbo «buscar» a menudo se utiliza para introducir la acción principal. Por ejemplo, el Faraón «buscaba» matar a Moisés. En 1 Reyes 11:40 se destaca que Salomón «buscaba» matar a Jeroboam. En este caso, el centro de interés está en el rostro de Dios, su dirección y su respuesta hablada.

Es importante reconocer que aunque aparentemente Saúl no honró el pacto establecido en el periodo de es­tablecimiento (en nombre del Señor), David honra su pacto con Jonatán y sus descendientes a pesar de que están discapacitados físicamente y son una maldición para una sociedad que consideraba que una disminu­ción física era un signo directo del desagrado de Dios.

Véanse los útiles comentarios en R. G. Branch, «Rizpah: Activist in Nation-Building. An Analysis of 2 Samuel 21: 1-14» [Rizpa: Activista en la construcción de una nación. Análisis de 2 Samuel 21: 1-14] en Journal for Semitics, vol. 14, núm. 1 (2005), pp. 82-84.

Ibíd., p. 84.

Se puede encontrar una útil introducción a la cuestión del delito de sangre en Dale Patrick, «Bloodguilt» [Delito de sangre] en The New Interpreter’s Dictionary of the Bible, tomo 1, pp. 481, 482.
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